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Mala respuesta
Fandom: Esencia Animal.

Claim:
Python/Arshan.

Advertencia: Shounen-ai/slash.

Resumen: No es que Python no lo sepa. Es que resulta simplemente estúpido decirlo.

Regalo para Selene para felicitarla por su tesis.





Mala respuesta

Era un silencio tranquilo. Afuera se sucedía una noche más, una noche como miles sucedidas en Egipto. El cielo estrellado, la sonrisa de la luna, todo tan tranquilo como un arroyo que nunca fue tocado. Sólo que para Python todo tenía un gustillo diferente en su lecho, sintiendo el obstinado abrazo del muchacho tigre a su lado. Llevaban en esa posición más tiempo del acostumbrado, y aunque las ganas no faltaran, el príncipe se debía reprimir para no ordenarle que lo dejara de una maldita vez. No que le desagradara el contacto; eran que en los últimos tres meses en que estuvieron separados se había habituado a tener la cama para él solo y le parecía una exageración la reacción de Arshan. Sólo habían sido tres meses, no era para tanto.

—Eres un idiota, ¿te das cuenta? —murmuró mirando el techo de seda, oscuro, preguntándose por qué seguían abrazados.

—A veces lo hago —respondió Arshan, sorprendiendo al príncipe que lo creía dormido, si bien no lo demostró—. Pero me sigues amando, así que qué diablos, ¿no? —agregó con más intención de molestarlo que otra cosa. Y tal vez regodearse un poco por el hecho.

Porque eso era lo diferente de otras noches. Que Python por primera vez respondió a la sentimentalista declaración de Arshan sin vacilar, sin aclarar antes que estaba siendo un tonto. Debió saber que Arshan no perdería la oportunidad de remarcarlo.

—Si estás esperando que se vuelva una costumbre, puedes olvidarlo —replicó—. Te dejo dormir en mi cama, comer mi comida y estar conmigo. Te aseguro que no lo hago por caridad, y si no logras verlo, es que eres más imbécil de lo que sospeché.

Una ligera risa por parte de Arshan.

—Me queda claro —dijo casi ronroneando. A Python le dio la impresión de que esbozaba esa sonrisita suya de superioridad burlona, esa que dice “admítelo, te gané”. De niños eso le habría valido un empellón—. Pero no está mal oírtelo confirmar alguna vez. Por si las dudas.

Arshan no había dejado de abrazarlo, dándole su calor y la certeza de su presencia. Python no necesitaba que le dijera que lo amaba por cosas como esas, porque con ellas se daba por satisfecho.

—Supongo —aceptó el príncipe, que era lo máximo a lo que estaba dispuesto. Pensó que para Arshan debería ser suficiente prueba el que no lo pateara para alejarlo de él—. De todos modos es estúpido.

Un momento de silencio. Apenas se oían los ligeros chasquillos de los grillos en los establos.

—¿Tienes algún problema con que te diga te amo? —dijo Arshan.

Indiferente al hecho de que no pudiera verlo, los ojos ambarinos de Python giraron. Arshan siempre tenía que ser innecesariamente desafiante, como si nunca dejara de prepararse para un reto.

—He dicho que es estúpido, no que no puedas hacerlo. Mientras no se te ocurra volverlo una costumbre —aclaró rotundo.

Otro silencio. Secretamente Python aguardaba la respuesta. De ella dependería saber si Arshan lograba entenderlo o se encerraba en su propio punto de vista. En caso de que resultase el primer caso, quizá había valido la pena pronunciar aquellas palabras, y de ser lo contrario, habría cometido una verdadera idiotez diciéndolas. La voz de Arshan, como un suave rugido, no obstante, no tardó en oírse.

—No debes preocuparte por eso —Y se acomodó mejor bajo las sábanas, subió sus manos desde la cintura de Python hasta el pecho sin vello. Probablemente no lo entendiera del todo pero se mostraba dispuesto a aceptarlo. De otro modo, razonó Python, la tensión sería palpable en su cuerpo pues Arshan era pésimo disimulando sus emociones—. Buenas noches.

De repente Python sintió la necesidad de añadir algo.

—Por ejemplo —dijo—, cuando permito que el desastre que tienes por cabello me de en las narices, como ahora, te estoy demostrando que me importas. Más que a un amigo.

Un resoplido por parte de Arshan. ¿Por qué le sonó a una risa ahogada?

—No soy un genio, pero incluso yo sé eso —contestó con una nota de diversión, sin hacer el menor esfuerzo por moverse la cabeza de su sitio sobre el hombro de Python. El príncipe tampoco lo hizo para apartarle. Le gustaba un poco ese cosquilleo de pelos naranjas y negros.


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Resumen y prefacio
Jiovanna Berlucci es una adolescente normal de catorce años. Eso si dejamos de contar con que es una bruja practicante de Wicca y convoca el poder de la Sacerdotisa Luna cada mes fielmente.

Sin embargo, un cambio extraño se produce en su vida cuando debe mudarse junto a su familia a una casa en los límites del bosque que rodea a Murmore, su ciudad natal. Ahí efectuará sus prácticas mágicas usuales, sobrellevando el pesar de tener a su madre luchando contra el cáncer, hasta que conoce a un joven asiático que afirma ser su vecino y al parecer se siente irremisiblemente atraído por ella, para su desconcierto.

Mientras ambos se conocen, en Murmore comienzan a surgir rumores que hacen gemir de temor a sus habitantes. Perros hasta el momento tomados por desaparecidos aparecen muertos y desangrados, gatos que nunca salían de sus casas son encontrados decapitados y gran cantidad de palomas son vistas en peores condiciones.

La incertidumbre y el miedo sólo van en aumento. ¿Habrá sido una criatura salvaje, más salvaje que cualquier otra, o un demente con fascinación por la muerte?

¿Y por qué todo esto sucede sólo cuando hay luna llena?

¡Atención!

Esta novela contiene lenguaje adulto -leáse palabrotas-, contenido homosexual explícito, drogas y rituales de magia. Si cualquiera de estos elementos disgusta a alguien -sea de la edad que sea- sepa que fue advertido y la decisión de leer es enteramente suya. Reclamos al respecto no serán tomados en cuenta.




Prefacio

Marta Linnor puede decir con tranquilidad que ha sido una hija modelo.

Si bien nunca comprendió las supersticiones en las que su madre creía fielmente y sería mentira afirmar que no sintió vergüenza cada vez que ésta imponía sus manos sobre cada cosa nueva que entraba en la casa murmurando cánticos incomprensibles, impregnándolas del aroma de sus mil y doce inciensos, cuando se enteró de que había sufrido un ataque al corazón no dudó en empacar sus maletas, despedirse de sus hijas y de su esposo en Florida, para llegar a Murmore, donde había sido criada y su madre vivía tranquilamente.

Había sido un auténtico milagro que una vecina decidiera pasar por la vieja casa al borde del bosque, buscando su tirada mensual de cartas, y descubriera el cuerpo gimiente de la vieja señora sobre la alfombra de la sala. Aunque Marta sintió la tentación de torcer los labios más de una vez mientras esa misma señora afirmaba, pagada de sí misma, que todo había sido cosa del destino, estaba bastante agradecida con ella por haber llamado a urgencias inmediatamente.
Un ataque al corazón, por supuesto. Desde que recibiera la noción de que una esbelta figura equivalía a belleza, Marta había deplorado la negativa de su madre a llevar una dieta balanceada, siempre argumentando que sus ángeles y hadas se encargarían de protegerla de cualquier mal, y el resultado se tradujo en una cuenta de hospital que, si su madre hubiera visto, quizá le hubiera dado otro infarto. La operación salió bien, pero al fin y al cabo ya era una mujer mayor y los doctores recomendaron tenerla vigilada por un tiempo antes de darle de alta.

Marta había tenido la firme intención de quedarse con ella hasta el anochecer y leerle sus novelas favoritas, comentarle nimiedades de sus nietos para entretenerla, y lo hubiera cumplido de no ser porque a los labios de su madre jamás faltaban las mismas palabras incoherentes. Hablaba de una visión que había tenido momentos antes del ataque –causándole el ataque, decía-, en la que había habido monstruos rondando su casa, sedientos de sangre, y una familia de negros mancillada. No especificaba qué quería decir “mancillada”, pero eso no era lo que importaba a la sensibilidad de una mujer moderna como Marta; era el hecho de no se podía decir negro sin ser negro, todo mundo lo sabía. Pero su madre nunca había querido abandonar las viejas costumbres.

Y cada vez que tenía oídos prestos, no cesaba de repetir esto, preguntándole además si no había visto negros últimamente cerca de su casa, y si así era, los apartara de su hogar. Esto era escandaloso en más de un sentido porque nunca antes había dado muestras de racismo. Cuando Obama se postuló a la presidencia Marta recordaba claramente haberle oído decir a través del teléfono: “al fin tenemos alguien con cerebro”. Y ahora se aliviaba indeciblemente cuando le respondía que no había habido ningún hombre afroamericano en los alrededores del hogar.

No comprendía semejante cambio. A lo mejor tantos años de creer en hadas dejaban en evidencia lo que ella siempre había sabido y nunca se había atrevido siquiera pensar: que a su madre le faltaba un tornillo. No era agradable tomarlo en cuenta en esos momentos, resultaba penoso, pero no se podía sacar otra conclusión, en especial tras ver cómo se empecinaba el chasquear los dedos cinco veces en el aire formando una estrella cada vez que aparecía una enfermera, como un sacerdote bendiciendo al pecador. Tampoco lo era ver a las enfermeras y notar la resignación en sus miradas; para ellas, su madre siempre había estado loca de cualquier modo.

Y ella era la hija devota que soportaba sus charlas con estoicismo y se disculpaba con una sonrisa por sus excentricidades ante desconocidos. Ese era el papel que interpretaba con valentía, según entendió por la actitud de los doctores, y acabó por creérselo. Quizá era en el fondo lo que creyó desde el inicio, pero sólo podía admitirlo a través de terceros. Así que llegó un punto en que simplemente dejó de oír sus locas teorías y la miraba con sonrisa condescendiente mientras las exponía, pensando para sí en que se estaba perdiendo sus reuniones de lectura y que debería coser una camisa de su hija mayor cuando regresara.

Por último, una mañana de sábado, Marta se dirigió resueltamente al cuarto 297, pero encontró la cama que ocupara su madre vacía. Alarmada, le preguntó a una enfermera qué había sucedido con ella y ésta respondió, bajando la cabeza: “hicimos todo lo que pudimos”.

Un segundo ataque, por supuesto. Los médicos dijeron que había sido por una gran carga de tensión. No era sorpresa; cualquiera que le hubiera visto en esos días habría creído que la vida se le iba en su afán de averiguar el destino de una familia de negros, se veía en la manera en que se desorbitaban sus ojos, en que sus manos temblaban como de terror perpetuo en su regazo. No fue si no hasta después del funeral que Marta pensó que, en efecto, había sido miedo lo que mató a su madre y lloró durante muchas horas lamentando que hubiera muerto aterrorizada por fantasmas.

Fantasmas negros, para colmo.

Tal vez hubiera pensado diferente si hubiera conocido al hombre que compró su casa, pero para entonces ella estaba en Florida, buscando en Internet un resumen del libro que debería estar leyendo. Fue su agente de inmuebles el que estrechó la mano oscura de John Berlucci, entregándole las llaves de la propiedad.

Continuará



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Lamento
Resumen: Esa fue la última vez que la viste, ¿no es cierto? Y no hiciste nada para evitarlo.

Claim: Anne Bridge, Angelique Doulart.




Ves inmóvil la figura de tu amiga ante ti. Se hallan en un callejón, en el hueco entre tu casa y la del vecino, tú llevando en la mano la bolsa de basura que era tu deber sacar de la casa, mientras ella permanece quieta en la acera, sin moverse, sólo mirándote. Casi podrías jurar que no pestañea.

Sabes que ella siempre había sido la mas pálida de las tres, dado a que se negaba a acercarse al sol, por lo que no es tanta la sorpresa al ver el efecto de luminosidad reflejada en su rostro, gracias al farol encendido ante tu casa. Aun así, no puedes evitar cierta inquietud al notar una tremenda semejanza con esas estatuas de piedra caliza que exponen en los museos de grandes artes, que antes no estaba ahí. Los cabellos morenos de los que alguna vez sentiste envidia seguían poseyendo esa elegante ondulación que hacia difícil determinar si eran rulos, cayendo en puntas abiertas por debajo de los hombros y dejándose bailar al suave vaivén de la calida brisa.

De repente, sin proponértelo, a tu mente comienzan a asistir los rasgos que por tanto tiempo has visto y han caracterizado a tu mejor amiga. Te percatas que parece mas delgada de lo que recuerdas, o quizás sólo fuera la impresión que daba verla ataviada de los ropajes góticos que había adoptado la costumbre de llevar hace no mucho tiempo en combinación con las penumbras a sus espaldas.

Todavía es más alta que tú. Sin embargo, ya no percibes esa usual aura de despreocupada irreverencia, esa que te hacía sentir aun más pequeña por no poseerla. Esa era una de las características que Angelique y Tatiana habían compartido. Por ese entonces ambas tomaban entre risas tus quejas acerca de pasarse el día hablando con semejante par de gigantes.

Tatiana era la que pasaba un brazo por tus hombros y te aseguraba que te querían igualmente, mientras Angelique te guiñaba un ojo, asegurándote divertida que ya te llegaría la hora del estirón.

Pues tal hora había pasado, y tu altura seguía sin alcanzar su coronilla. Con el corazón apretujado, tu consciencia te dijo que tampoco alcanzabas ni su mano, ni su corazón.

Ella quiere decir algo, siempre habías sido capaz de intuirlo, pero por lo visto las palabras, el aliento o lo que fuera, no le llegaban a los labios.

Anquelique nunca había sido un libro abierto, por lo que en esa clase de situación a ti sólo te quedaba intentar adivinar lo que pasaba por su cabeza, ya que la morena sabía ser esquiva cuando se lo proponía. Tatiana, por otra parte, prefería atosigar a su amiga a constantes preguntas y chantajes emocionales, hasta que finalmente Angelique hablaba (o gritaba, si se le agotaba toda paciencia) sobre lo que le sucedía, con el único fin de que la dejen en paz, para luego cerrarse cuando querían ahondar en el tema.

Ahora Tatiana no estaba contigo, y a ti no se te viene nada a la mente. En tu pecho sientes el nacimiento de un miedo inexplicable, uno que deseaba que ella callase. Intentas opacarlo con lógicos razonamientos, pero tu corazón se acelera velozmente. Es pánico, lo reconoces, el pánico a lo inevitable.

Angelique abre la boca vacilante, y alcanzas a vislumbrar un par de colmillos más puntiagudos de los que hayas visto antes. Sin embargo no emite sonido, sus labios y su mandíbula tiemblan ligeramente como si por razones que no comprendiera hubiera perdido la voz.

También tomas consciencia de la forma en que entrecierra los ojos, impidiendo el flujo de un liquido carmesí tan espeso que casi cubría sus pupilas. Te concentras en el gesto, es familiar para ti, porque ella siempre se contiene llorar en publico, pues prefiere la soledad absoluta.

-Lo lamento-deja escapar en un sollozo, su voz adornada con un nuevo matiz, al tiempo que dos líneas rojas comienzan a rayar sus mejillas.

El siguiente momento es uno que recordaras el resto de tu vida, reviviéndolo en tu mente una y otra vez hasta que pierda sentido, cambiando escenarios, circunstancias, nombres, modificando lo que hiciste. Habrá ocasiones en las que creerás haberla llamado a gritos durante horas, así como en las que te convencerás, quizás para aplacar tu culpa, de que te lanzaste hacia ella y quisiste atrapar su mano.

Pero no importa, porque el resultado jamás podrás cambiarlo. Tan sólo había bastado un parpadeo y Angelique había desaparecido. Lo que nunca habrás de olvidar es la enorme sensación de vacío que te invadió, y la innegable certeza de aquello que ya habías temido sucedió y al final no pudiste evitarlo.

Angelique se había ido frente a tus narices.

Y tú nada habías hecho.


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La sonrisa del demonio
Resumen: Los últimos momentos de la familia Doulart.

Claim: Samanta Doulart, Joshep Doulart, Angelique Doulart.




No había nubes en el cielo, la luna entraba pura y potente por la ventana, dando en los cabellos rubios de la mujer tendida sobre el sillón del cuarto. El mueble era viejo y raído, no combinaba con la decoración en tonos pasteles de la habitación, pero servía para vigilar a la criatura que dormitaba en la cuna. La mujer no estaba dormida, se movía de adelante y atrás abrazada a sus piernas, respirando hondamente como si así pudiera evitar derrumbarse. Los cabellos rubios ondulaban hasta más de la mitad de la espalda y el descuido prolongado los hacía ver como greñas de bruja loca, aunque en realidad podrían haber sido bastante bonitos. Ojos grandes y azules, desorbitados, se clavaban en su hija.

El esposo la miraba desde el marco de la puerta. No había nada que decirle en ese estado, sólo le restaba esperar a que reaccionara. El cabello azabache se lo recogía en una coleta en la nuca, la mirada celesta estaba calmada. O lo pretendía al menos. Por la salud mental de ella.

—Tenemos que matarla —musitó ella con voz casi chillona, sin mirarlo. Lo había dicho muchas veces, eso se adivinaba por el leve gesto de negación del hombre.

—No podemos hacerlo, es una bebé —justificó él pacientemente. Ya no podía abrazarla para calmarla y lo lamentaba, siempre reaccionaba violentamente y aún no se le curaba el arañazo sobre su mejilla—. No es una bebé, es un demonio —dijo con voz profunda, casi perdiendo el aliento ante semejante revelación—. El demonio le sonríe, no podemos dejarla con vida.

La niña no se enteraba de nada. Su madre ya no la abrazaba cuando lloraba en las noches ni se desvelaba para tenerle la leche tibia. Ahora de eso se ocupaba él, luego de asegurarse de dejar a su esposa descansando en su lecho.

Han sido cinco meses de esa rutina y no sabe qué duele más; el desprecio hacia su propia criatura, consentida y mimada anteriormente, o la locura que la consumía lentamente. La frase era la misma cuando decidía hablar, hace mucho tiempo que no ha vuelto a relacionarse con sus amigas. Ella no las buscaba y no parecía percatarse del cambio en su vida. Él tampoco se lo hubiera permitido si hubieran sido otros sus deseos, mientras estuviera así sólo podía ser un peligro.

—El demonio le sonríe —repitió ella como la niña que se repite que los monstruos no existen, encerrada en un cuarto oscuro donde sabe que sus padres no la rescataran—. No puede vivir.

¿Cuál demonio? No lo sabía. Y a veces dudaba de que ella tuviera alguna noción.

—Es tu hija —parece muy débil su argumento, dicho en ese tono grave que para los hombres es el preludio al sollozo y a la ruina. Por favor, Samanta, vuelve, regresa a la realidad.

Pero ella no escucha. Desde hace mucho tiempo que no lo hace. No nota el ruego en su expresión abatida, cansada por estar al pendiente de una criatura incapaz de hacer lo que sea por sí misma y una mujer que ya ha intentado suicidarse con un cuchillo de la cocina. La herida se ha vuelto blanca en su brazo y la piel regenerada parece brillar a la luz de una lámpara en un mueble para cambiar de pañales.

Siempre ha sido una mujer hermosa. Ahora dos grandes ojeras arruinan el rostro que alguna vez fue tan risueño. ¿A dónde se ha ido tu alegría, Sam?

—Hay que matarla. El demonio le ha sonreído.

Ella sabe que es su pequeña, a pesar de todo. Sabe que quiere hacerla abandonar el mundo y que la ama por sobre cualquier cosa, que esa cosita con una pelusa oscura sobre la cabeza es la hermosa niña que sollozó sobre su pecho en el hospital y antes de asimilar donde se hallaba tomó su dedo entre su minúscula mano rosada.

¿Cómo saber que ella sería el blanco de la mirada de aquél payaso en el circo? Un payaso que no era humano, de saltos demasiado perfectos y altos, de entonación clara y fuerte sin necesidad de aparatos tecnológicos. Se había querido desmayar al contemplar los movimientos de aquellos artistas, ninguno era ayudado por cuerdas o semejantes. Todos muy pálidos, de ojos hipnotizantes y arrebatadores, vestidos con trajes ridículos y chillones que parecían casi luminescentes en contraste con sus pieles.

Los espectadores no habían hecho más que aplaudir, gritar de entusiasmo ante cada voltereta y ella por poco suelta un grito del más puro terror más de una vez. No entendía por qué nadie se percataba de que no eran humanos, o qué rayos hacía ahí que no se llevaba a su hija lejos de todos ellos.

Su esposo había salido a uno de los baños portátiles de afuera, no sabía del payaso que lanzaba miradas de soslayo a la figura ataviada de rosa claro sobre su regazo, quien reía con el público y adelantaba las manitas como queriendo tomar el escenario. Ignoraba que le hacía daño mientras la sostenía por el pecho, sólo podía observar entre fascinada y espantada el aberrante espectáculo. Hasta que él se acercó directamente a ella, llevando una paleta de colores en una canasta. La canasta parecía propia de un carnaval, adornada de lazos de brillantes colores y figuras de conejos alegres en los costados.

Había deseado desesperada apartarse, gritar porque lo apartaran a él de su vista. Pero de todos modos él no le prestaba atención, miraba a la niña con una fascinación casi enternecida. Y ella le sonrió de vuelta. El payaso estiró la mano ofreciéndole el dulce, sin deshacer su expresión encantadora pintada con maquillaje blanco y rojo, y la pequeña lo tomó, para a continuación lanzar un gritito de alegría. Apenas el hombre -bestia, monstruo, el diablo, lo que fuera ese ser- se dio la media vuelta, agarró la golosina y la arrojó despavorida al suelo sin importarle el consecuente llanto. No se quedó a esperar a que su esposo volviera, simplemente se giró y salió corriendo de la carpa a resguardarse en el auto.

No podía quitarse de la cabeza aquél instante espantoso. Su bebé no había sido la única que había recibido un pequeño regalo, los otros payasos también habían repartido dulces entre al menos una docena de niños, pasando deliberadamente de otros que les lloraron por ellos. No era tanto que él se hubiera fijado en su hija, era que ésta, a pesar de su carácter huraño para con desconocidos, se hubiera mostrado tan confiada ante su cercanía y le hubiera correspondido la sonrisa. Ella había confiado en él de inmediato, se había sentido feliz de verlo, como si lo conociera.

Cuando su esposo fue al auto, desesperado por no haberlas encontrado en la carpa, halló a la bebé durmiendo en el asiento trasero lejos de su sillita y a ella llorando encogida en el asiento del copiloto.

Esa criatura no podía vivir. Tampoco ese maldito circo. El payaso, el anfitrión, el mago, el domador de serpientes, todos deberían arder en el infierno.

Y su hija, a la que habían querido a través de sus mágicos ojos, cambiantes como gemas preciosas a la luz artificial, a la que le obsequiaron con un dulce y una amplia sonrisa, debería caer con ellos.

——

Ya no podía controlarla. Joseph finalmente se rindió ante la cruda verdad, era incapaz de controlar a su esposa. La noche anterior ella había decido dejar que sus palabras se convirtieran en acciones y de no ser por su intervención, el cuchillo de cocina habría acabado en el pecho de su hija. Los ojos los había tenido arrebolados por las lágrimas, pero no se rindió en la lucha hasta que logró desmayar a su mujer. La bebé había estado llorando en su cuna, alarmada por los gritos.

Ahora estaban en el auto, el llanto sin ser aplacado pese a las muecas que intentaba esbozar. Samanta dormitaba en el asiento a su lado, la cabeza ladeada sobre su hombro y dejando que la saliva se deslizara hasta él, manchando su ropa. La había sujetado fuertemente con los cinturones de seguridad y pensaba que no dejaría las llaves con ellas cuando bajara. Tan pronto como acabara con lo que pensaba hacer, la llevaría a una clínica o algo así, un sitio donde pudieran hacerse cargo de ella apropiadamente. Le dolía separarse de su hija, pero sabía que no podría cuidarla teniendo a la madre en ese estado tan deplorable. No podría soportar hacerse cargo de una vida tan preciosa para él, estando tan destrozado. Hacía lo correcto, al menos así podría estar a salvo.

La señora Eden lo recibió en la puerta. Era una mujer algo mayor que él, atractiva aunque de aspecto bastante severo.

—Imagino que usted es el señor Doulart —dijo y se hizo a un lado para dejarle pasar sin esperar respuesta. No le preguntó por la camisa deshecha, los cabellos revueltos o las espantosas ojeras—. Tome asiento, por favor. Tengo los papeles casi listos.

Él se ubicó en una silla frente a un gran escritorio de madera oscura. Mecía en sus brazos a su hija, que lanzaba ocasionales hipidos, envuelta en una manta azulada. La señora Eden se sentó ante él, recogiendo un montón de papeles sobre el mueble y ordenándolos de un modo que para ella debía tener algún sentido. Luego tomó un bolígrafo posado a un lado y escribió unas cuantas cosas en ellos.

Se sentía tranquilo en esa situación, su niña estaría bien, lejos de cualquier peligro. Mientras tuviera eso en mente podría soportar el peso sobre sus hombros. Había hecho bien en llamar a esa señora.

—Muy bien, señor Doulart. ¿El nombre de la niña?

Incluso la indiferencia de ella era reconfortante. La oficina olía a caramelos de miel, probablemente para dar a los otros niños. Nunca le habían gustado, pero en ese momento le parecía maravilloso su aroma.

—Angelique —respondió con voz ronca. Tenía un poco irritada la garganta por haber gritado tanto horas atrás, aunque tal vez sólo fuera que estaba cansado.

—Bien —afirmó ella, terminando de redactar algo que él no podía ver al final de la hoja. Finalizado eso, volvió a juntarla con las otras y se levantó de su asiento. Lentamente se acercó a él hasta tenderle los brazos-. No tiene que preocuparse más por ella, aquí la cuidaremos.

—Gracias —fue lo único que pudo decir, percibía que no tenía voluntad para agregar más. Le dio un beso a su niña, su pequeño ángel, y se la entregó a la señora, que la acunó con suavidad, dándole palmaditas en la espalda. De repente estaba tan aliviado, se sentía tan libre que por un segundo creyó que iba a romper a llorar.

Pero tuvo fuerza suficiente para despedirse con un cabeceo de la mujer y encaminarse fuera del orfanato. En su mente se repetía que en cuanto Samanta se recuperara, volvería a buscar a su hija, que estaría perfectamente sana, y todo volvería a ser como antes dentro de su pequeña familia.

Sí, todo sería como antes.

Sólo que no contaba con que algo fallara con los frenos y el volante de su automóvil, el cual siempre había dado unos cuantos problemas por ser de segunda mano. Tampoco con que un camión impaciente los golpeara por detrás y los sacara del camino, para que finalmente un segundo, conducido por un hombre que no los vio hasta que fue demasiado tarde, apareciera para voltear el vehículo.

——

Angelique abrió los ojos, en el mismo momento en que Hermes bajaba las manos de los costados de su cabeza. La joven no lloraba, simplemente dejaba caer su mirada hacia abajo. Por un segundo al vampiro le dio la impresión de que no hablaría, pero pronto ella movió los labios un poco torpe, como si no recordara cómo hablar, y al cabo de un instante el sonido de su susurro emanó de ellos.

—¿Cómo fue?

Hermes acomodó su espalda contra la cabecera de la cama. Estaban en la habitación de ella, afuera la noche era lluviosa, las gotas deshaciéndose contra el cristal tras las cortinas azules.

—No fue un accidente lo del mal funcionamiento —aclaró él como si le preguntara la hora, dando a entender lo que realmente era para él el asunto; un hecho y nada más-. Esos vampiros del circo lo quisieron así, para mantenerte en el orfanato.

Ella sintió un peso en el corazón y entrecerró los ojos. No tenía verdaderos motivos para llorar, se dijo mentalmente. Sus padres habían muerto hacía tiempo y no había llorado por su causa en el pasado, no había razón para hacerlo ahora.

—¿Por qué?

Era cosa del destino que ella hubiera sido criada sin padres, estaba escrito que sería solitaria. Esos vampiros payasos probablemente sólo habían estado cumpliendo una orden. Significaban palabras en su mente, palabras lógicas y frías, propias de la criatura oscura en la que se convertiría, pero todo sonaba apenas como un eco y no podía sostenerse a ellas.

—Porque sabían que tu nombre estaba escrito en el Libro de la Eternidad, y su razonamiento los llevó a pensar que era mejor para ti crecer sin ellos.

No podía llorar. Era una estupidez, al final todo había sido por su bien. Ella pertenecía a ese mundo de oscuridad, era lo correcto, no había que llorar. Pero no importaba lo que pensara, lo que deseaba era acurrucarse entre las sábanas y llamar a su mamá, la mujer que quiso su muerte, sabiendo que era patético esperar un abrazo. Hermes no se lo daría, aunque deseaba dárselo, como lo haría con un oso de felpa.

—Ellos murieron dos años más tarde —agregó el rubio impasible ante el estremecimiento de su cuerpo. Observaba hacia la ventana, como si no estuviera a punto de desmoronarse—. Cometieron la estupidez de creer que podrían dominar a un Hijo de las Tinieblas y saber más de los que les correspondía, así que los acabaron junto a toda su asamblea. Uno nunca debe ser impaciente con el conocimiento, debe esperar a que éste le llegue.

Hablaba como si le enseñara una lección más, le daba un sermón que le sería infinitamente útil en el futuro, pero no le importaba a ella, no ahora. Se decía que no tenía derecho ni razón para perder el control, había sido su petición lo que había llevado a Hermes a enseñarle todas esas imágenes. Una criatura de la oscuridad no podía dejarse arrastrar por estúpidos sentimentalismos.

—Perdón —sollozó cuando no pudo aguantar más el llanto. Se lanzó sobre su maestro, hacia su pecho y no le importó su posible reacción. Sólo quería abrazar algo, lo que fuera, y permitir el flujo de su tristeza. Ocultó la cabeza entre los pliegues de su abrigo oscuro, no queriendo ver su rostro imperturbable.

Nunca había tenido a nadie que abrazar, en la oscuridad de su cuarto, cuando veía por la ventana del orfanato como otros niños se marchaban de la mano de sus nuevos padres.

—Debes entender por lo que viste de tu madre que hay cosas que los humanos no pueden ni imaginar —continuó él sin hacer nada por separarla de sí. No había reproche alguno en su voz calmada, mientras la joven seguía empapando su ropa. Tampoco hizo nada por consolarla—. Ella era una centinela sin entrenamiento, podía intuir cosas que otros no podían, aunque no lo comprendiera, y por eso pudo identificar a aquellos payasos. Pero no estaba destinado que ella lucharía activamente, su mente era incapaz de asimilar semejantes verdades.

En un segundo, con un jadeo, se acordó de Tatiana, que algún día sería una centinela, un alma que jamás permitiría la existencia de la oscuridad sobre la tierra. ¿Ella también enloquecería?

—No —respondió Hermes tranquilamente como si hubiera dicho su duda en voz alta-. Tu amiga está acostumbrada a creer en lo que nunca ha visto, confía más en su intución que en su cerebro; no tendrá problemas cuando inicié su camino.

No lo decía exactamente para aplacar su tristeza, sólo manifestaba un hecho.

“Gracias al cielo”, pensó aliviada.

¿Pero por qué lloraba todavía?

—-

Daniel vio la escena desde la puerta de la habitación. Hermes recostaba a la muchacha dormida en su cama, luego de haber separado las sábanas para adentrarla en ellas. Acaba de regresar de la caza, su rostro se sentía caliente y su expresión era mucho más humana. No tenía que ver el rostro de Angelique para saber que había llorado, el olor ligado a la ropa de su pareja le servía como pista suficiente. Además de su tristeza desbordada, la percibía como una esencia más, aún enredada en el aire.

Hermes no hizo nada al sentir su presencia, continuó quitándole el calzado a la chica y dejándolo a un lado de la cama, para luego cubrirla con las mantas y frazadas.

—Estará bien —afirmó Hermes sin que se lo preguntara, volteándose. Las manchas húmedas en su ropa ya se habían secado.

—Lo sé —contestó Daniel casi suspirando-. No te habrían permitido mostrarle nada si no fuera así.


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El puente hacia el infierno
Resumen: Lisa Bridge sólo había querido ir a casa y Richard ser recibido por su esposa.

Claim: Lisa Bridge, Richard Bridge.




Lisa Bridge no necesitaba girar en su sitio para saber que la estaban siguiendo. No oía más pasos que los suyos sobre la grava en la acera ni sonido ajeno al correr de los automóviles, pero de todos modos la sensación prevalecía y eso la puso nerviosa. La noche se extendía por sobre los rascacielos de la ciudad y apenas se veían las estrellas gracias a la cantidad de luces artificiales, cobijadas al abrigo de nubes tenuemente moradas, tan delgadas que la coloración del cielo se percibía a través de ellas.

El frío la llevó a abrazarse por un momento para luego bajar los brazos delgados, pues llevar las bolsas de comida pesadas era más cómodo en esa posición. Miró alrededor suyo y se sintió aliviada al ver que no estaba sola en su camino. Los transeúntes iban en su dirección o en la contraria, algunos cruzaban la calle hacia la otra acera, todos metidos en sus propios asuntos y sin siquiera dedicarle una segunda mirada. Aunque no puede descubrir quién la está siguiendo, se quedó tranquila al darse cuenta de que no corre peligro en un sitio concurrido. Si a la persona no le importara armar escándalo ya habría ido tras ella.

Caminó con pasos firmes y tranquilos hasta la esquina al final de la calle, junto a un montón de personas que esperaban el autobús que los llevaría a sus destinos. Se apoyó suavemente contra el poste del semáforo y acomodó su carga entre sus brazos contra su pecho, alejando las narices de las hojas de espárragos. Al cabo de unos segundos de haberse detenido el vehículo hizo acto de presencia y los pasajeros entraron tras un rechinido irritante de la puerta.

El viaje hacia casa le supo relajante, pese a los continuos baches por los que pasaban las ruedas y el terrible olor a cigarrillo presente en las paredes, pues dejó de tener aquella molesta sensación de ojos siguiéndola, sentada al fondo del lado izquierdo.. En ese momento se permitió pensar en cosas rutinarias, como en que esperaba que aún no les hubieran cortado el gas para poder cocinar un buen caldo y en que ojala su marido terminara pronto su novela porque su sueldo de secretaria no era el mejor para mantener a una bebé de apenas dos años. No pudo evitar suspirar ante este último pensamiento; Anne crecía bastante rápido y pronto necesitaría nueva ropa, las que tenía se desgastaban con el paso de los días.

Miró por la ventana levemente sucia, y esperó hasta que su vista alcanzara la señal de la calla donde vivía antes de estirar la mano y agarrarse de la barra sobre su cabeza, tambaleando un poco en el proceso del autobús deteniéndose. No interesaban los números de veces que usara ese transporte, no podía acostumbrarse a su turbulencia y siempre parecía ser quien tenía más posibilidades de caerse. Siempre había sido una persona algo torpe, sin coordinación alguna en las piernas, razón por la cual no le gustaba el movimiento continuo ni los deportes. A veces imaginaba que su hija había heredado ese rasgo suyo, pues pese a que lograba dar algunos pasos vacilantes, al cabo terminaba tropezando con sus propios pies y sentada en el piso.

Su casa estaba a otras cinco de distancia desde el lugar donde bajaría, cosa que lamentó porque eso significaba prolongar un poco más el tiempo hasta que pudiera echarse en una silla y quitarse sus molestos tacones asesinos de la comodidad. Sin embargo, cuando aterrizó en la acera, la sensación de que la observaban regresó con toda su claridad y, olvidándose de su fastidio, volteó a los lados aprensiva, esperando hallar el motivo.

No había nada especial por donde mirara, más que las personas habituales caminando y los autos - ninguna de excelente calidad, nadie que residiera en esos barrios podían permitirse un vehículo muy elegante- estacionados frente a las casas de sus dueños. En apariencia, nada importante que destacar y gracias a ellos se sintió un poco tonta, mientras se decía que era el cansancio y se dirigió a su hogar. Éste era una construcción baja y modesta de dos pisos, cinco ventanas en total, tres al frente y sin jardín delantero. Las paredes estaban decoradas con graffiti que ya se habían cansado de tapar continuamente -además que no podían darse el lujo de comprar tanta pintura-. Una escalera de cinco escalones conducía a la entrada, la cual también estaba pintarrajada con un dibujo irreconocible apoyando un equipo que ni ella ni su esposo conocían.

Buscó en el bolsillo de su chaqueta las llaves, un tanto nerviosa porque el sentimiento no la abandonaba. Habían tenido timbre alguna vez, pero éste se había descompuesto y no podían pagar a un técnico para que lo repare, amén de que Richard no tenía idea de cómo hacerlo.

Pero en el momento en que sus dedos dieron con su objetivo, el cañón de un arma le dio bruscamente por la nuca, haciéndola soltar el llavero y lanzar un jadeo de sorpresa.

—Ya, ya, mamita responsable —inquirió una voz masculina detrás de ella, bastante cerca de su oreja como para hablar en susurros. Su aliento era decididamente horrible y se tuvo que contener de girar la cabeza en otra dirección—. Tu esposito y tu nena no están en casa. Salieron al parque, lo cual significa que no hay nadie que te reciba ahí adentro.

El tono de voz era grave y gutural, carecía del atontamiento propio de los borrachines o de la desesperación que habría esperado en un drogadicto.

—¿Qué quiere? —espetó negándose a reconocer el miedo que amenazaba su corazón. Si aquél sujeto sabía dónde se hallaba su familia, entonces quería decir que la había estado esperando. No le daba la impresión de que estuviera drogado o alucinara, pero por si las dudas era mejor tratar de mantener la calma—. No tenemos nada de valor que quisiera robar.

—No me interesa robarte, Lisa Bridge —respondió el desconocido, ligeramente divertido. Los latidos en su pecho se aceleraron al oír su nombre—. Lo que me importa eres tú. Eres una mujer muy poderosa, ¿lo sabías?

“¿Poderosa?”, pensó desconcertada.

—Me parece que me confunde con otra persona —adujo nerviosa, a sabiendas de que era poco probable—. No tengo nada que le interese. Sólo soy una secretaria en una editorial de libros.

El extraño lanzó una curiosa carcajada, mitad resoplido y mitad jadeo, que nuevamente la llevó a contener la respiración por lo asqueroso que resultaba olerlo.

—No me refiero a tu posición social, linda. Ni al dinero que sé perfectamente no tienes, si no a las habilidades que posees.

—Y-yo no entiendo qué…

—Sí, me imaginé que no sabrías —la atajó el individuo, acercando la nariz a su cuello, aumentando las náuseas ya presentes en la mujer—. Confórmate con saber que no puedo dejarte ir impune. Quién sabe si algún día puedes ser una interferencia para mi y mi aquelarre.

—Señor, por favor —dijo en un tono bajo, próximo a la desesperación. Ni siquiera sabía lo que era un aquelarre y se preguntó si no sería una nueva banda terrorista—. Entienda, no tengo nada que pueda interesarle ni puedo hacer gran cosa. Apenas si sé hacer el desayuno. Así que, por favor…

—Por favor, por favor, por favor —parodió el desconocido molesto—. ¿Todos ustedes son así de insufriblemente buenos o sólo aquellos a los que tengo que buscar? ¡Demonios, muestren algo de coraje para variar!

Ella no supo responder. Por una parte porque no sabía si sería prudente una respuesta suya, por otra porque no se le ocurría qué más agregar. La confusión y la incertidumbre generaban frenético latidos en su pecho, pese a que se obligó a mantener la compostura.

El sujeto presionó el arma contra su cabello y la agarró de un brazo, colocándoselo en la espalda. En la otra mano aún llevaba la comida, así que no podía usarla para defenderse.

—Verás, Lisa Brigde —empezó él, lanzando su pútrido aliento en cada palabra. Con sólo olerlo, Lisa se imaginaba un humo de color verduzco saliendo de él como una de las caricaturas que ponía para diversión de Anne—, te voy a decir a grandes rasgos lo que sucede aquí. Tú eres una centinela desde tu nacimiento, lo que quiere decir que representar una amenaza para mi y mis compañeros y eso, me temo, es algo que simplemente no puedo permitir. Estoy seguro de que no tienes la menor idea de a lo que me refiero y lo cierto es que no importa.

Tironeó de su extremidad, apretándola de tal manera que expulsó un tenue quejido. En eso tenía razón el hombre, nada de lo que había dicho tenía sentido a sus oídos. Ordenándole que caminara, el hombre la guió lejos de la entrada hasta bajar los cinco escalones.

—Suelta las bolsas —espetó severamente y ella no tuvo otra opción que obedecer, sintiendo el frío del cañón posado en su cabeza. Aún en esa situación, sintió lástima por tener que realizar semejante desperdicio. Una manzana roja salió rodando hasta llegar a la calle, donde la veloz aparición de un automóvil la convirtió en puré bajo la rueda—. Sube —el vehiculo se había detenido justo al lado de ellos y la puerta se abrió al instante, revelando un joven pálido y de facciones traviesas, maquillado de tal manera que se asemejaba a un muerto y sencillos pantalones y camiseta, ambos negros y sin adornos.

El que la sostenía la obligó a entrar, agachando la cabeza para que no se diera contra el techo, y el joven le mostró sonriente una cuerda gruesa, antes de rodear su cuello rápidamente con ella y tirar de ambos extremos en direcciones opuesta, ciñendo su garganta amenazadoramente. Se mantuvo quieta en esa posición, consciente de que aún tenía la amenaza del hombre de la pistola, el cual subió detrás de ella dando un portazo. Sentía unas ganas repentinas de llorar, porque se daba cuenta de que no podía salir con bien de esa situación.

El auto era lo bastante ancho para que cupieran tres personas en el asiento trasero, aunque no sabría asegurar de qué clase se trataba. Detrás de ellos el otro hombre debió haber entrado, porque su aroma peculiar permaneció aún luego de haber oído un portazo.

—Arranca —ordenó bruscamente.

El hombre en el asiento delantero, al cual sólo podía ver la nuca, cabeceó afirmativamente y encendió el auto. Lisa observó por la ventana el veloz pasar de los edificios, mientras su corazón se estrujaba al pensar que se alejaba de su hogar.

—–

La luna en el cielo se veía blanca y pura por sobre los edificios cuando Richard encaminó hacia su casa, llevando a una Anne dormida en su cochecito de segunda mano. El transporte no era del todo malo, si uno descontaba el constante chirrido de una de las ruedas y que estaba casi cubierto de estampados. El hombre de mirada apacible verde observó a su hija y determinó que ya no había rastro del malestar que le había visto justo después de haberle dado su puré de bebé, cuando la pequeña se había ensañado en comer más rápido de lo recomendable. Por lo visto, el paseo por el parque había sido efectivo.

Caminaba sonriendo, pese al acostumbrado chirrido, preguntándose si no es que su esposa ya habría llegado a casa y si no tendría la cena ya preparada. Tal vez los recibiría preocupada en el recibidor diminuto de su casa, a una pulgada de llamar a la policía para que los buscaran, aunque su sentido común se lo impidiera puesto que a bien seguro habría leído la nota de Richard pegada al refrigerador. A veces su mujer era sobreprotectora con ambos y Richard se debatía continuamente si entre dar gracias por ello, o porque no le hubiera puesto un localizador a la niña a la menor ocasión.

Probablemente lo habría hecho si tuvieran el dinero.

La brisa nocturna era refrescante al dar en su rostro, joven todavía y sólo ligeramente arrugado a los lados de la boca y de los ojos, como señales de que por ahí cruzaron muchas sonrisas. La mayoría alegres y quizá alguna nerviosa. No debería tener esas marcas, puesto que sólo tenía 23 años, pero alguna persona conocedora del tema podría argumentar que el peso que es mantener una familia a flote, y encontrar a cada fin de mes que pagar la renta parece cosa imposible, es cosa suficiente para que uno envejezca más velozmente que aquellos que no habían embarazado sin intención a su novia de hace sólo un año. De todos modos, Richard no se quejaba ya que creía tener una buena vida, con sus altas y sus bajas, como la de todos.

Tenía una nena bastante inteligente -era asombroso la rapidez con que resolvía sus infantiles juegos de ingenio, como el en qué hueco encajar tal pieza-, una esposa hermosa a la que adoraba y buena salud. Dentro del sencillo mundo que él concebía, no tenía nada que envidiar a otras personas.

Hubiera sido muy bonito que siguiera pensando así durante un largo tiempo, un año o dos hasta que surgiera alguna desgracia y se percatara de las numerosas carencias en las que vivía. En ese momento no necesitaba siquiera planteárselo, satisfecho en su ideal de que sería bien recibido en su hogar. Pero otro fue el cantar cuando descubrió a la policía en su pórtico y las bolsas de compras con todo su contenido desparramado por la acera. Los había llamado la señora Twinkers, la misma a la que hablaban llevando semblantes demasiado serios para ser de su agrado, tras haber visto a través de su ventana que Lisa fuera secuestrada por un sujeto con pasamontañas para conducirla a un vehículo -”horroroso, ni una rata lo querría”, según palabras de la anciana señora- que se había perdido en la lejanía. El bolso de ella seguía en los escalones de piedra y frente a la puerta relumbraba el llavero en forma de rana, cerca de una cartera.

Lo peor no fueron los años de incertidumbre, los meses de silencio por parte de la policía ni las miradas extrañadas de Anne tratando de ubicar a su madre. No, todo eso podría haberlo soportado. Lo peor fue que hallaran su cuerpo desmembrado, hecho jirones irreconocibles -la dentadura había sido su única identificación- y colocado de tal manera que formara una estrella de cinco puntas dentro de un círculo, en el bosque de un pueblo al que nunca le interesaría recordar el nombre, a mucha distancia de donde residía. No contentos con desgarrarla en todos los sentidos, le habían vaciado las venas por completo por medio de dos pequeños pinchazos en el cuello. Ya había estado muerta cuando la cortaron y eso no había sucedido si no hasta dos años después de que se convirtiera en cadáver.

No quiso escuchar del mensaje que se repetía alrededor del círculo, escrito con sangre e insectos muertos, ni tampoco quiso saber de los incontables locos en la televisión que hablaban de que se había tratado de un claro acto de satanismo. Hizo oídos sordos cuando mencionaron lo de “esta centinela cayó, siguen ustedes” y no le importó un rábano que mil reporteros se amontonaran en su entrada en busca de entrevistas.

Las líneas de expresión continuaron en su rostro, pero ya no se acentuaron por la misma sonrisa -esa de estúpido, esa que das cuando estás enamorado- de antes. Y nunca quiso contárselo a Anne, no le vio el sentido. La niña creció pensando que había muerto en medio de su nacimiento.


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Lazos de Oscuridad (variado) | TB : 0 | CM : 0 - | Top▲

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