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Claim: Fly, Plandex.
Resumen: Ambos primos no tienen en común únicamente el amor por la música. Rabietas Plandex recorría nervioso por los pasillos de la tienda, haciendo caso omiso de las miradas que su cabello verde atraía. Aunque más que el cabello, se podría creer que era la patente desesperación en su rostro a medida que veía detrás de las prendas colgadas en las perchas sólo para encontrar una nueva decepción. Rezagado, completamente aburrido y con rastros de sueño encima, Fly lo seguía sin molestarse en cubrir sus bostezos. —No sé cuál es el problema —comentó luego de un escuchar un nuevo bufido de su primo—. Es sólo un chaleco. Plandex lo miró entonces, los ojos brillándole de una forma que indicaba que estaba a punto de golpearlo, pero debió llegar a la conclusión de que no le serviría de nada porque regresó su atención a las ropas. —Voy a matar a Reisei —repitió por segunda vez en la mañana el joven, dirigiéndose a una pared de ganchos que ya había recorrido, con Fly a sus espaldas caminando a paso perezoso. —No digas eso —espetó, alargando cada sílaba a fuerza de un nuevo bostezo—. No es su culpa que la computadora explotara justo en ese momento. —Incineró mi chaleco —le recordó Plandex, en el mismo tono que emplearía alguien para referirse a un ratón querido, mientras sus manos veloces seguían palpando la ropa en busca de la prenda que le sirviera de reemplazo a su amuleto. —Igual —se encogió de hombros Fly, mirando una estantería a su derecha distraídamente. Tomó una chaqueta morada jean de entre el montón y se la enseñó a su primo. Este negó con la cabeza y Fly, girando los ojos con sumo tedio, dejó la prenda desparramada sobre sus hermanas. —Si Arnold estuviera aquí se alegraría de que ya no tuvieras ese chaleco. —Que lo jodan a Arnold —espetó Plandex, recibiendo una mirada sobresaltada del pelirrojo, que nunca lo había escuchado decir palabras así para referirse al rubio si bien un pasatiempo suyo era molestarlo de vez en cuando. Ese día domingo ni Arnold ni Reisei estaban para presenciar la agitación del generalmente alegre bajista. El asiático porque debía reponer la computadora que había intentado arreglar por sus propios medios -lo que habría conseguido si aquella soda no hubiera caído en medio de la máquina de improviso- y el rubio porque simplemente se había negado a mover un dedo antes de que lo permitiera su horario personal. El razonamiento de Fly fue “estoy aburrido, así que ayudaré a mi cabizbajo primo y quizá vea algo para mí”, pero no contó con que la tristeza de Plandex cambiara a enojo y que las tiendas a las que le arrastrara fueran completamente diferentes a sus gustos. Eran las combinaciones extrañas de colores que Plandex realizaba lo que lograba que ropas del estilo que veía alrededor adquirieran algún atractivo; separadas de medias de arco iris, camisetas intencionalmente rotas amarillas con botones rojos en torno al cuello o pantalones verdes con parches amarillos, esas prendas, para Fly, lucían como algo simple y aburrido. Demasiado aburrido. Y no, tampoco comprendía el apego de Plandex a los chalecos morados. Sabía que era su amuleto de la suerte y, según su primo, iba bien con el cabello verde, pero no dejaba de ser un chaleco y no le parecía que ameritara ese comportamiento. Plandex pasó por otras dos tiendas, tirándole del antebrazo bruscamente cuando tenía intención de hacer como que no lo acompañaba, ignorando sus gemidos de extremo sufrimiento, y siguió sin encontrar lo que buscaba. Se acercaba el mediodía y Fly empezaba a tener hambre. —Voy a matar a Reisei. Esta vez Fly no lo contradijo; estaba más concentrado viendo a otro chico que parecía de la edad de Armand buscando entre las chaquetas y usaba unos jeans que dejaban en evidencia la perfecta circunferencia de sus posaderas. ¿El chico se daba cuenta de ese detalle? Seguramente, si él tuviera un trasero así tampoco lo ocultaría. Pero los bolsillos eran demasiado grandes y la protuberancia de la billetera dificultaba una mejor visión. —No, mejor te voy a matar a ti —replicó Plandex con ceño fruncido, molesto porque fuera ignorado. Otra de las cosas en las que los primos se sentían identificados mutuamente era esa; cuando estaban enrabietados, mejor que los escucharan. Lo que pasaba era que las rabietas de Plandex sucedían cada muerte y resurrección de obispo, por lo que a Fly le sorprendió ser aludido en ese momento. —¿Eh? —Esto es genial —repuso Plandex girando los ojos, dándole la espalda para rebuscar en un estante de prendas de tela envueltas en plástico. Tenía que agarrarlas y girarlas para ver si carecían de mangas—. Anda, ve a ligártelo, ya me las arreglaré. —Yo no iba a hacer eso —espetó rápidamente, sonrojado no por su primo, si no porque recientemente se había vuelto el novio oficial de Armand y la idea de ponerle los cuernos le resultaba obscena. Molesto, agarró una camisa cualquiera de color morado y se la pasó a su primo, estrellándola contra su pecho—. Toma ésta, pruébatela y cómprala. Luego le cortaras las mangas. —Es tres tallas más grande —hizo notar Plandex en tono neutro. Fly bufó exasperado. —Te durará más. Plandex asintió solamente, la vista fija en la prenda, dirigiéndose a los vestidores. Diez minutos más tarde ambos regresaban al hotel donde se hospedaban, con una bolsa de la última tienda que visitaran golpeando contra la pierna de Plandex, que paseaba esbozando una gran sonrisa de satisfacción. Fly lo miraba intensamente desde que pagaran y, dos calles más adelante, decidió que ya no esperaría a que le preguntara qué le pasaba. —¿Y bien? —inquirió impaciente—. ¿No piensas decirme a qué vino tanto revuelo? Plandex lo observó sin entender, lo que llevó a Fly a resoplar irritado. —¿Por qué te importa tanto un estúpido chaleco? Te he visto usar uno desde que éramos niños, y aunque no lo creas, no va bien con tu tinte. —Suenas a Arnie —señaló Plandex sonriente y miró el cielo nublado, como si arriba fuera a ver la mueca del rubio al oírle llamarlo de ese modo—. No es nada, sólo que la abuela Nora me dio uno y me gustó tanto que no quiero dejarlo. Ahora Fly fue el que expresó desconcierto. Sobre todo porque el dejo usado no era uno casual, propio del que responde algo sin mucha importancia, si no más bien ligero, intencionadamente despreocupado para quitarle un hierro a primeras imperceptible al asunto. La abuela Nora había muerto hacía mucho. —Oh —respondió el pelirrojo, finalmente cayendo en cuenta. O creyendo haberlo hecho. Caminaron en silencio durante unos momentos, con el auto oscuro donde viajaban sus guardaespaldas siguiéndolos, y al doblar una esquina Fly levantó una pierna para darle un ligero empujón a su primo en la pantorrilla. Cuando Plandex volteó hacia él con curiosidad, Fly le mostró una sonrisa divertida. —¿Una carrera hasta el hotel? El bajista asintió sonriente |
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Claim: Plandex, Fly.
Resumen: Es difícil notar que, cuando se trata de Plandex, incluso las tonterías tienes sentido. Nota: Regalo para Y0misma. Conversaciones trascendentales —¿Recuerdas a ese gato naranja, fofo, que odia los lunes? Fly no le prestaba mucha atención, pues mañana debían rendir un examen de biología y prefería concentrarla en su libro. Plandex no estaba lo suficientemente aburrido para estudiar; estaba aburrido, eso sí. —Creo que hablas de Garfield. —Ese mismo. —¿Y qué con él? —Nada, sólo que tenía una vida de perros, ¿entiendes? Odiaba los lunes y nadie le obligaba a hacer nada, podía simplemente pasársela comiendo lasaña. Pero era un gato. Es irónico, porque la carne también es cosa de perros. —Mmm… —murmuró su primo anotando algo en sus apuntes. —¿Te imaginas un pájaro que odie los miércoles y coma pescado? —Sería algo nuevo. —O una rata que deteste los miércoles y coma alpiste todo el día. Sería genial, ¿no? Fly lo miró. —¿Estás tratando de decir algo? Plandex dejó de girar en su silla y elevó la vista al techo. —Odio los miércoles. Y los miércoles tenían doble hora de biología. —Ya. Incluso las más grandes tonterías tenían su propia lógica. |
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Claim: Fly/Armand.
Advertencia: Slash/yaoi. Resumen: Fly no odia los despertadores, lo que odia es hacerles caso. Nota: Regalo de cumpleaños para Y0misma. Despertadores A las 8:05 A.M Fly deseó tener las energías suficientes para tomar el insistente despertador de la mesita de noche y arrojarlo por la ventana, a ver si el tiempo volaba lejos de él. Estaba cansado y se sentía apático, de modo que prefirió hacerse un ovillo cubriéndose con las sábanas con la esperanza de simplemente dormirse ahí hasta que se le pasara la pereza. Sobre la mesita, junto al despertador, un celular negro con estampas de calaveras comenzó a vibrar al unísono de una tonada de Lacrimosa, caracterizada por un solo de guitarra magistral. Fly estiró una mano entre las sábanas y tanteó en la madera unas tres veces antes de que sus dedos rodearan el teléfono, el cual llevó inmediatamente consigo a su refugio, apartado del despertador maldito. Podría haber aprovechado ese momento para arrojar el despertador o apagarlo, pero no se le pasó por la mente. —Quien sea que sea —dijo sin abrir los ojos, apoyando el aparato contra la oreja— sepa que estoy muriendo del sueño y es de muy mala educación llamar a estas horas a los celulares de la gente. —Fly —respondió la voz al otro extremo de la línea, una grave y masculina. Al oírla, Fly sintió como se emocionaba por dentro y su sueño, más que una carga, se volvía algo repentinamente suave. —¿Sabes lo bueno que sería tenerte aquí conmigo? —comentó de repente y tuvo ganas de echarse a reír. Porque la frase era divertida y era divertido pensar que no le habría importado tener a su novio ahí. —Fly, sal de la cama —replicó Armand con voz inconmovible, aunque el pelirrojo se imaginaba el sonrojo subiendo por sus mejillas morenas. Duro como una pared de goma, no estaba acostumbrado a su carácter extrovertido—. Tendrías que haber ido a la escuela hace cinco minutos. —Ven y sácame tú —respondió Fly en tono aparentemente quejumbroso, picándolo a conciencia—. ¿Y por qué me llamas justo a esta hora? —pregunto a continuación, con verdadera curiosidad, aunque sabía que su novio iba a entrenar en la pista de patinaje temprano en la mañana. —Porque es el primer día de clases después de vacaciones y si no te llamo faltarás —explicó Armand simplemente y se oyó un carraspeo, como si el celular por el cual le hablaba hubiera sido removido. No valía la pena rebatir su argumento, pues no era más que la verdad—. Es difícil retomar una rutina, pero si no empiezas desde hoy será más duro mañana. —Ya, ya —musitó Fly cansinamente—. ¿Y si voy hoy la próxima vez me sacarás de la cama tú? —Con tal de que va… —satisfecho por la respuesta a medias, Fly no le dejó acabar y apretó el botón para colgar. Dejó el aparato sobre su mesita, donde el despertador había enmudecido, y se giró en la cama para volver a dormirse. Al poco rato recibió un mensaje de texto, sonó la tonada de Lacrimosa, pero él ya estaba dormido. Aun así, Fly se sorprendió cuando Armand lo despojó de sus sábanas al día siguiente. |
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Claim: Plandex/Arnold.
Advertencia: Slash/yaoi, Lime explícito. Resumen: Parece una declaración de victoria al salir de sus labios. —No soy gay. Era sábado por la noche y la frase inevitable ha hecho acto de presencia, esta vez gracias a la voz jadeante de Arnold luego de que su cuerpo diera contra el colchón de su cama, en la elegante habitación de hotel donde la banda se hospedaba. Decir tales palabras se había convertido en parte del acto que pronto sucedería, parte de los juegos previos, aunque a esas alturas la aclaración no era requerida. En lo que duraba su fase de aceptación, Arnold había llegado a la curiosa conclusión de que en definitiva no le interesaban los hombres, no obstante, se sentía bien que Plandex asaltara sus labios sin mayor ceremonia apenas la puerta se cerrara a sus espaldas y le despojara de sus prendas. No importaba entonces que éstas fueran de un diseñador prestigioso y verlas regadas por el suelo significaría un infarto para cualquier amante de la moda que se precie, porque ahora era más importante advertir aquella mano astuta ceñirle la entrepierna por encima de su ropa interior de Calvin Klein, la cual quemaba, húmeda, elevándose sobre los pantalones sueltos. —Yo tampoco —respondió Plandex, tan achispado a causa de la fiesta que habían abandonado momentos antes que sonaba casi jocoso—. Nunca lo he sido y nunca lo seré. Parecía victorioso al proclamarlo; sus ojos castaños, alcohol aparte, brillaban. Esa era una de las pocas cosas que Arnold podía entender de él. De alguna manera inconsciente, para ambos era bueno saber que ningún hombre provocaba al otro como lo hacían entre sí; un secreto logro que los excitaba a la vez que los complacía. Luego Plandex lo besó, invadió su boca como un hombre irrumpe en su hogar, sabedor de que va a ser bien recibido, y Arnold no lo decepcionó. Mordió, lamió, jadeó contra su cuello, estremeciéndole al punto en que lo sintió en sus dedos, y lo aprisionó contra la cabecera y su cuerpo, liberándolo de su horrendo chaleco morado y más tarde de la espantosa camiseta amarilla, que voló describiendo un arco muy amplio mientras el forcejeo por abrir el cinturón se entremezclaba con sus respiraciones aceleradas. Tras unos precipitados forcejeos, Arnold logró abrir los pantalones jeans y envolver el miembro erecto de Plandex tal como él lo había hecho. Masajeándolo levemente, su mano fue testigo del endurecimiento progresivo de la carne bajo la tela, apretándose contra los pantalones, y el reconfortante calor que manaba de ella. Por lo general Plandex para él era el epíteto de todo lo antiestético, pero ahora, en la intimidad de su mente, le parecía hermoso mientras lo contemplaba en su estado; excitado, ansioso, sin estar del todo seguro qué hacer o qué esperar porque aún era nuevo en ese mundo de posibilidades, sólo obedeciendo a sus instintos más básicos. Arnold no tuvo que indicarle que elevara las caderas para poder bajarle el pantalón, solamente lo hizo, ayudándole también un poco. Cuando el jean salió de la cama y ambos jóvenes se separaron un poco, Arnold se quedó estupefacto al advertir la entrepierna de Plandex. —¿El Hombre Araña? —inquirió con voz ronca, refiriéndose a los coloridos calzoncillos que quedaron al descubierto ante él, preguntándose si no sería una broma. Es difícil describir lo que provocó esto. Para Arnold no podía existir mayor mata pasiones que esa prenda, pero el pequeño cambio de curso en sus acciones no le supo desagradable, si no todo lo contrario. Extrañamente, parecía como su declaración de no ser gay, algo que inevitablemente acabaría diciendo en esas circunstancias, y por ende, complementaba la situación. Una situación, que pese a sus peculiaridades, iba a culminar de algún modo. A Plandex sólo le hizo gracia su comentario. —Son 100% algodón, Arnie, bastante cómodos —replicó Plandex riéndose, tal como lo hacen los que están ligeramente borrachos, algo tontamente, y acercó nuevamente sus rostros para besarse y Arnold se olvidara en el acto de cualquier hombre araña e incluso de reñirle por llamarle Arnie. En su lugar, el rubio, ansioso como pocas veces, arrancó sin demora la despreciable prenda de su dueño, liberando el bosque de pelos negros retorciéndose en torno a un miembro enhiesto, más delgado que grueso y más desconcertante que Reisei, por lo que respectaba a Arnold. Masturbarse nunca había sido un problema, pero acariciar a otro estando su mente tan nublada era correr en un cuarto oscuro a toda velocidad, temiendo el momento en que te chocaras contra una pared y te destrozaras la nariz. Porque como él mismo sabía, no bastaba con acariciar de arriba abajo o evitar apretar demasiado la punta. Un toque dado incorrectamente, incluso en una zona tan sensible, podía transformar cualquier experiencia de un orgasmo seguro a una molestia que sólo ruegas porque acabe de una vez. Y Arnold siempre había deleitado a las mazas cuando tocaba el violín en el escenario, no podía permitirse no ser igualmente bueno en la intimidad. Así que, tomándose un segundo para adquirir confianza, rodeó la base encerrándola entre el dedo índice y el pulgar, formando un anillo. Plandex, desorientado por el alcohol y curioso, se dejó caer en la cabecera sin perder de vista como su compañero iba ascendiendo lentamente por su miembro, otorgándole leves cosquillas que no provocaban ninguna risa, hasta detenerse debajo del glande. Entonces, lentamente, el rubio pasó su mano sobre el miembro, envolviendo la punta con su palma, los dedos apuntando hacia abajo, y bajó nuevamente uniendo los mismos dedos que en un inicio, logrando que Plandex lanzara una exhalación ahogado entre dientes. Arnold lo miró durante un instante, evaluando su expresión, y con la otra mano repitió el proceso ya de forma más natural. En esta ocasión las piernas de Plandex se retorcieron en respuesta mientras el par de ojos castaños desaparecía de su vista tras los párpados, fruncidos los labios. Confiado por esto, Arnold llevó a cabo un trabajo manual que no le era del todo nuevo, pero de una manera completamente nueva para el otro. A medida que procedía el calor se hacía más presente en ellos, enrojeciendo sus rostros, humedeciendo sus cuerpos en sudor. Nadie tocaba a Arnold, y con las caricias que continuaba aplicando su mano y luego la otra, su propio miembro se balanceaba a centímetros de la cama, enviando corrientes de cuasi dolor al entrar en contacto con la tela plana, que de ninguna forma se estiraría para corresponderle. Sin embargo le excitaba la mera acción de estar haciendo estupendamente bien su trabajo, tal como lo aseguraban los roncos gemidos de Plandex, y esto lo instaba a continuar sólo por ver más reacciones favorables. Se sentía casi como al estrenar una tonada en su cuarto, palpando las cuerdas del violín o las teclas de teclado comprobando que, pese a ser la primera vez, su instinto innato le conducía por el buen camino. El sexo era la melodía desconocida, de notas aún por descubrir y ritmo atractivo, que uno casi podía escuchar en su mente, deseoso de interpretarlo, y Plandex un curioso chelo que le reservaba enseñanzas inesperadas o completamente previsibles, pero siempre satisfactorias cuando las aprendía. Con los conocimientos apropiados podía combinar ambos elementos y dominarlos, convertirlos en algo palpable y a la vez dejarse convertir por ellos en el mensajero de su música. Cuando Plandex acabó, pronunciando una larga nota grave, Arnold se sintió tan satisfecho de sí mismo como si hubiera logrado que prometiera jamás ponerse otra vez calzoncillos del Hombre Araña. Y de hecho pensaba hacerlo un día de esos, pero por el momento se podía permitir simplemente besarlo, sintiendo el cosquilleo de siempre en la boca del estómago, y escuchar… ¿una risa? Se separó bruscamente, mirándolo molesto mientras la sonrisa se hacía más evidente en Plandex y el pecho moreno se agitaba. No encontraba la menor gracia en la situación, e iba a decírselo, cuando su compañero lo ilustró, lanzando su primera carcajada torpemente. —Ese es el método de Cosmopolitan —comentó moviendo la pierna perezosa para darle un ligero empellón en un costado. Arnold supo que se estaba sonrojando, lo notaba en el calor repentino que nada tenía que ver con excitación en su rostro. De todos modos, su ceño fruncido se hizo más pronunciado. —¿Y tú cómo lo sabes? Plandex –un extraterrestre de otra dimensión donde la vergüenza era cosa extraña, seguramente-, movió con lentitud su pierna izquierda hasta subirla a la espalda del rubio, presionando para impulsarlo a éste a inclinarse sobre él, haciéndolo notar el brillo de vaga complacencia en su mirada. —Porque yo también vi ese episodio sobre la masturbación, para que en esta lo que sea que tenemos al menos no te provoque un trauma. Alessandra (1) estaba muy buena —y como si su último comentario no tuviera importancia –para ellos no la tenía en verdad-, se abrazó al cuello del rubio, borracho, dispuesto a dormirse en esa posición. Al advertir la ligera protuberancia contra su pierna, le musitó al otro que se lo compensaría en la mañana. Arnold se removió para lograr una posición más cómoda, negándose a pensar en Plandex embobado ante la sexóloga y aceptando la idea de que gracias al cielo existían esa clase de programas para despejar dudas. Aunque sus preocupaciones no había llegado al extremo de temer un trauma, sí a generar alguna aversión en Plandex. Una vez que se ha oído una desastrosa interpretación de un artista, pocas eran las posibilidades de redimirse. ---- (1) La sexóloga conductora de varios programa de Cosmopolitan. |
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Resumen: Después de mucho tiempo pensarlo, Fly se decide a revelarles un secreto a sus amigos. Los resultados no serán exactamente los que había esperado.
Claim: Plandex, Fly, Reisei, Arnold. Viernes. El día de la esperada sentencia que definía todo, desde el modo en que el sol iba a levantarse para él en la mañana hasta el color del mundo. Estaban en su sótano, como de costumbre, y todos habían traído sus instrumentos para practicar. Él debía cargar con su micrófono, el cual estrujaba nerviosamente en sus manos mientras sus amigos lo miraban desde el sofá. Sólo hasta después de verlos sentarse había dicho que tenía algo que decirles. Generalmente era satisfactorio saberse el centro de atención, pero ahora hubiera preferido que dejaran de clavarle la mirada como reflectores fieles a su imagen. —Soy gay. Listo, ahí estaba. Ya lo había dicho y el mundo no se había caído bajo sus pies. Todavía podía respirar y sentir su corazón trabajar, con inaudita celeridad. Eso era bueno. Ahora faltaba escuchar la respuesta y podría desfallecer en paz del alivio por haberlo dicho en voz alta. O sumergirse en la miseria. Reisei volteó hacia Arnold. Arnold volteó hacia Plandex, y Plandex extendió la mano hacia Arndol, con una gran sonrisa. —Paga, Arnie —reclamó eufórico y el susodicho rubio le dirigió una mirada rencorosa mientras sacaba su billetera y separaba dos billetes para entregárselos—. Buen chico —replicó palmoteando su cabeza, recibiendo un gruñido bajo en respuesta. El pelirrojo que había soltado la granada, al parecer defectuosa, los miró con ojos desorbitados, sorprendido. —¿Apostaron por mi sexualidad? —demandó sin tener idea de en qué tono hablaba, si enojado, estupefacto o simplemente librado de sus cargas. —Yo no tenía el dinero para eso —dijo Reisei encogiéndose de hombros. Plandex se guardó con felicidad los billetes de Arnold en un bolsillo de cu chaleco morado. El muchacho de cabellos verdes dio una entusiasta palmada a su cantante aturdido. —Escogiste el momento ideal, mi amigo. Déjame decirte que estoy muy orgulloso porque tuvieras las agallas para sacártelo del pecho. —Se te olvidó decir “gracias por regalarme veinte dólares” —replicó el rubio molesto y se giró al pelirrojo—. Gracias por compartirlo con nosotros, Fly, precisamente antes de las fiestas. —Eres un mal perdedor, Arnie—comentó Plandex y se echó a reír, una risa que Fly se vio muy tentado a seguir y ser coreado por el mundo, los árboles y los peces. ¿Y por qué el mundo no iba a reír? Él había dicho que era gay y sus amigos sólo pensaban en su dinero, no en rechazarlo, burlarse de él o romper su banda. Plandex lo había tocado sin desagrado, Reisei no lo había visto con disgusto y Arnold lo fulminaba con la mirada por no haber esperado hasta después de las fiestas para sincerarse, porque por su impaciencia había perdido dinero. —Los adoro, ¿saben? —dijo sin importarle sonar ridículo, sabiendo que sonreía como un idiota, sintiendo que los quería tanto que podría besarlos. Arnold y Reisei torcieron los labios con incomodidad, exactamente como lo harían si cualquier heterosexual hubiera pronunciado sus palabras. Plandex se rió más fuertemente, divertido por sus caras. —Lo sabemos —espetó con gestos dramáticamente magnánimos—. Somos gente adorable después de todo. Las chicas morirán por nuestros huesos cuando nos hagamos conocer. Algunas de la desilusión —dijo enviándole un guiño cómplice al recién confesado, quien soltó una risotada nerviosa, lagrimeando de gusto, y se derrumbó en una silla. —Parece que mis esperanzas de que te interesara Sara Bouller fueron infundadas —comentó Reisei, sólo ligeramente expectante, eternamente distraído. —Totalmente —afirmó Fly restregándose las mejillas. —¿Podríamos regresar ahora a lo que nos compete? —quiso saber Arnold con impaciencia, levantando el estuche de su violín, pues no le gustaba perderse las oportunidades para practicar. —Claro —respondió el pelirrojo, algo apaciguado al descubrir que su gran anuncio no significaba absolutamente nada para ellos. Quizá fuera decepción—. Así que ustedes siempre lo supieron —espetó mirándolos alternativamente. —Amigo, no te ofendas —Plandex se recargó en su hombro—, pero si siquiera nos preocupara la posibilidad de que jugaras para el otro equipo nunca te habríamos hablado. No voy a decir que eres feo ni nada, pero eres el primer chico que conozco que fácilmente entra en la categoría de lindo. No atractivo ni inofensivo, si no lindo, con todo tu maquillaje —puntualizó haciendo un ademán a los labios pintados de marrón, los ojos cuidadosamente delineados y el rubor claro en sus mejillas, que aumentaron a un rojo más vivo mientras su dueño se desasía de su excéntrico primo. Fly se acomodó un mechón de pelo y se arregló innecesariamente la camisa, claramente ofendido a juzgar por la exagerada dignidad de sus movimientos. Plandex lo miró algo turbado, pues no había querido molestarlo, aunque al mismo tiempo sabía que se le pasaría pronto. Arnold bufó, ya que sólo quería que se dejara de tonterías cuanto antes. —Volvamos a lo nuestro —dictaminó el cantante, aún sonrojado, y conectó su micrófono a la computadora de Reisei, dándole la espalda a Plandex. Pese a su molestia, en su fuero interno le gustó nuevamente encontrarse en el centro de todos ellos, con Reisei ajustando el teclado en su soporte usual, Plandex acomodándose la cinta del bajo en el hombro y Arnold moviendo concienzudamente las clavijas del violín, como si nada más en el mundo interesara. De repente se le ocurrió sonreír viéndolos a cada uno, pero se reservó el gesto para sí, emocionado. Apple Black todavía vivía. |
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