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Claim: Rumer, Erick, Bilius.
Resumen: La trenza no daba ninguna suerte. Nota: La superstición mencionada, hasta donde sé, salió de mi galera. Es decir, desconozco si hay marineros que la conciben. —¿Podría preguntar…—empezó Bilius, ligeramente dubitativo— por qué siempre lleva esa trenza ahí? Rumer, acodado y aburrido en la cubierta, de pronto adquirió interés, y luego de dedicarle un gesto hosco al inglés, elevó una ceja en dirección a su primo tras el timón, preguntándole si pensaba responder o le decía al investigador que no se metiera con el estilo de los demás. Erick no lo notó pues su mirada estaba fija al frente, al horizonte por el cual, según todas las leyendas marítimas, caerían sin remedio mientras la punta de su bota golpeteaba distraídamente los maderos que componían el suelo. La trenza de cabellos negros se meció suavemente en el costado derecho de su rostro, cual si se diera por aludida. A ella tampoco su dueño le prestó atención. —Porque así lo quiero —respondió monocorde tras un breve lapso, pero torciendo los labios en leve desagrado antes de agregar con calma—: Y le aseguro que no influye en nada a mi modo de navegar, de manera que no tiene que preocuparse por eso. Ante esto, el investigador pareció cohibirse, avergonzado. —Sí, por supuesto, capitán —repuso atropelladamente, ajustándose los anteojos. Nuevamente, aunque ninguno de los marineros podía saberlo, se convirtió en el hombre tímido que, aunque era el favorito de una duquesa, apenas se atrevía a contradecir al jurado de la facultad de ciencias allá en Londres, que sólo se habían reído cuando sugirió que el mundo no era plano como suponían—. Disculpe si lo he ofendido, pero me daba curiosidad por el hecho de que todas las supersticiones de marineros concuerdan en que… —Yo no creo en supersticiones, señor Dawson —le interrumpió Erick firmemente, acabando con los ánimos de Bilius de seguir preguntando. El inglés no dejaba de tener presente que los marineros eran hombres poco civilizados, capaces de caerle a golpes a cualquiera únicamente porque lo miró feo y no quería saber lo que pasaría si insinuaba que el capitán necesitaba de un amuleto como lo era la trenza. La mirada de Rumer, abiertamente hostil, además, le ponía los nervios de punta. —Claro, capitán —dijo manso, volviéndose a las escaleras que lo llevaría a los camarotes—. Infórmeme cuando lleguemos a tierra. Erick respondió afirmativamente dedicándole un ademán. Cuando dejó de verse la cabellera rubio ceniza, Rumor se acodó ahora a las barandillas frente al timón, al lado de su primo. Ninguno miró al otro ni exteriorizó haberlo advertido; de esa forma solían llevar muchas conversaciones, en especial cuando sabían que el tema no era agradable para el otro. —¿Te molestó? —inquirió Rumer, con su voz rasposa que recordaba a piedras ásperas, manteniendo su par de ojillos negros y ladinos en el cielo infinito delante. —No, sólo tenía curiosidad —contestó Erick después de un corto suspiro—. Además no tiene importancia. Rumer asintió cabeceando. En su expresión generalmente sombría se veía que fugazmente se había trasladado a unos pensamientos remotos que no le eran gratos, recuerdos de una infancia compartida con Erick porque sus madres eran hermanas. Sólo él en ese barco sabía porque la trenza colgaba en el lado derecho de la cabeza, en lugar del izquierdo como indicaba la superstición, y la suerte no tenía nada que ver o el hecho de que de que se lo dijeran. Se trababa de que su tío había usado una en el costado izquierdo y éste había desaparecido en alta mar al equivocarse de ruta, demostrando que la trenza no pasaba de ser un accesorio igual de inútil que los guantes de los aristocráticos. Erick nunca perdonó a su padre por el engaño. —Es un maldito entrometido. Y Rumer se sentía molesto porque nadie tenía derecho a recordárselo a su primo con la misma sencillez con la que se pregunta por el clima. —Ya te dije que no importa. Pero Erick no estaba dispuesto a señalar a nadie. Él había sido el niño ingenuo que pensó que sólo porque un hombre se peina de cierta manera regresaría a casa sano y salvo. Era cierto que la pregunta de Bilius no importaba, en cambio el enojo de Rumer no hacía más que irritarlo a él también. Porque evidenciaba el que aún no se deshiciera de la trenza a pesar de que habían pasado años, y además que no ignoraba el motivo. La susodicha, indiferente, sólo siguió ahí, acariciando su pómulo fielmente. |
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