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Fandom: Esencia Animal.
Claim: Python/Arshan. Advertencia: Shounen-ai/slash. Resumen: No es que Python no lo sepa. Es que resulta simplemente estúpido decirlo. Regalo para Selene para felicitarla por su tesis. Mala respuesta Era un silencio tranquilo. Afuera se sucedía una noche más, una noche como miles sucedidas en Egipto. El cielo estrellado, la sonrisa de la luna, todo tan tranquilo como un arroyo que nunca fue tocado. Sólo que para Python todo tenía un gustillo diferente en su lecho, sintiendo el obstinado abrazo del muchacho tigre a su lado. Llevaban en esa posición más tiempo del acostumbrado, y aunque las ganas no faltaran, el príncipe se debía reprimir para no ordenarle que lo dejara de una maldita vez. No que le desagradara el contacto; eran que en los últimos tres meses en que estuvieron separados se había habituado a tener la cama para él solo y le parecía una exageración la reacción de Arshan. Sólo habían sido tres meses, no era para tanto. —Eres un idiota, ¿te das cuenta? —murmuró mirando el techo de seda, oscuro, preguntándose por qué seguían abrazados. —A veces lo hago —respondió Arshan, sorprendiendo al príncipe que lo creía dormido, si bien no lo demostró—. Pero me sigues amando, así que qué diablos, ¿no? —agregó con más intención de molestarlo que otra cosa. Y tal vez regodearse un poco por el hecho. Porque eso era lo diferente de otras noches. Que Python por primera vez respondió a la sentimentalista declaración de Arshan sin vacilar, sin aclarar antes que estaba siendo un tonto. Debió saber que Arshan no perdería la oportunidad de remarcarlo. —Si estás esperando que se vuelva una costumbre, puedes olvidarlo —replicó—. Te dejo dormir en mi cama, comer mi comida y estar conmigo. Te aseguro que no lo hago por caridad, y si no logras verlo, es que eres más imbécil de lo que sospeché. Una ligera risa por parte de Arshan. —Me queda claro —dijo casi ronroneando. A Python le dio la impresión de que esbozaba esa sonrisita suya de superioridad burlona, esa que dice “admítelo, te gané”. De niños eso le habría valido un empellón—. Pero no está mal oírtelo confirmar alguna vez. Por si las dudas. Arshan no había dejado de abrazarlo, dándole su calor y la certeza de su presencia. Python no necesitaba que le dijera que lo amaba por cosas como esas, porque con ellas se daba por satisfecho. —Supongo —aceptó el príncipe, que era lo máximo a lo que estaba dispuesto. Pensó que para Arshan debería ser suficiente prueba el que no lo pateara para alejarlo de él—. De todos modos es estúpido. Un momento de silencio. Apenas se oían los ligeros chasquillos de los grillos en los establos. —¿Tienes algún problema con que te diga te amo? —dijo Arshan. Indiferente al hecho de que no pudiera verlo, los ojos ambarinos de Python giraron. Arshan siempre tenía que ser innecesariamente desafiante, como si nunca dejara de prepararse para un reto. —He dicho que es estúpido, no que no puedas hacerlo. Mientras no se te ocurra volverlo una costumbre —aclaró rotundo. Otro silencio. Secretamente Python aguardaba la respuesta. De ella dependería saber si Arshan lograba entenderlo o se encerraba en su propio punto de vista. En caso de que resultase el primer caso, quizá había valido la pena pronunciar aquellas palabras, y de ser lo contrario, habría cometido una verdadera idiotez diciéndolas. La voz de Arshan, como un suave rugido, no obstante, no tardó en oírse. —No debes preocuparte por eso —Y se acomodó mejor bajo las sábanas, subió sus manos desde la cintura de Python hasta el pecho sin vello. Probablemente no lo entendiera del todo pero se mostraba dispuesto a aceptarlo. De otro modo, razonó Python, la tensión sería palpable en su cuerpo pues Arshan era pésimo disimulando sus emociones—. Buenas noches. De repente Python sintió la necesidad de añadir algo. —Por ejemplo —dijo—, cuando permito que el desastre que tienes por cabello me de en las narices, como ahora, te estoy demostrando que me importas. Más que a un amigo. Un resoplido por parte de Arshan. ¿Por qué le sonó a una risa ahogada? —No soy un genio, pero incluso yo sé eso —contestó con una nota de diversión, sin hacer el menor esfuerzo por moverse la cabeza de su sitio sobre el hombro de Python. El príncipe tampoco lo hizo para apartarle. Le gustaba un poco ese cosquilleo de pelos naranjas y negros. |
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Resumen: No, Python no tenía la culpa de nada, pero era muy fácil odiarlo.
Claim: Python Zar, Arshan. —Púdrete. Python lo siguió después de que se alejara. Rezumaba furia en cada uno de sus pasos, pero no lo tocó de inmediato. Antes esperó hasta que se hubieran alejado lo suficiente del acampado, entonces lo estrelló contra un árbol, tomándole de los hombros. —Creo que no he escuchado bien —dijo Python despectivo, clavándole su mirada ambarina. Ambos sabían que sus oídos eran casi infalibles—. ¿Me hass dicho que me pudriera y luego hass huido como un vil cobarde? No como un vil cobarde, si no como un estúpido asumido que no quería problemas. Hace unos momentos atras había estado oyendo a Python hablar tranquilamente de las ciudades que había visitado, de lo lujosos que eran algunos palacios mientras otros apenas si se comparaban con la sala del suyo. En ese momento lo detestó porque él debía trabajar diariamente para mantener su casa en pie y en reunir el dinero que le permitiera a su padre sostenerse mientras estuviera de campamento. Porque aunque él hiciera todo eso desde que era un cachorro, dado que su padre había perdido las piernas, ni siquiera podía soñar con hablar de las comodidades de un príncipe como si no fueran nada especial. Pero Python no tenía la culpa de nada de eso. —Olvídalo, ¿quieres? —espetó tratando de liberarse de esas manos que, como pertenecían a un muchacho pitón, y por ende de gran fuerza, ni siquiera se movieron. Bufó, comenzando a enojarse—. ¿Qué quieres que te diga? —Si un idiota va a insultarme, me gustaría saber por qué idiota razón lo hace —siseó el príncipe en voz de hielo, sus ojos rasgados brillando con rencor, acercando sus rostros. Generalmente era entretenida la desenvolutura de Python de reprocharle sus actitudes a la gente en su cara. Excepto cuando los reproches eran para uno mismo. —¿Y no es esa la razón? ¿Ser un idiota? —replicó haciendo caso omiso de su orgullo herido, deseando que lo dejara en paz para reponerlo—. Suéltame de una maldita vez. Sorprendentemente, Python le complació, dejándole los hombros entumecidos, y se apartó un paso, impasible. Mirándolo al rostro, por un segundo a Arshan le dio la absurda impresión de que estaba decepcionado. —Imbécil —dejó escapar el príncipe y se marchó dándole la espalda, mientras el muchacho tigre que dejaba atrás sentía la suya deslizarse por el tronco hasta apoyarse en el suelo. "Soy un imbécil” pensó observando su figura perderse entre los árboles, demasiado harto para realizar el puñetazo de frustración que deseaba darle al suelo. “Y te detesto” |
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Claim: Python, Green, Arshan.
Advertencia: Este fic contiene pedofilia -atracción sexual hacia menores- y abuso sexual. Contiene slash, es decir, relata relaciones homosexuales entre hombres. Resumen: Green ya no tiene que recordar esa época pasada, su época de esclavo. No en los brazos de Python y al lado de Arshan. Gracias miles a y0misma por el beteo. No dolía tanto después de la primera vez. Green lo descubrió en la tercera. Luego del forcejo que parecía ser rutinario, porque sin importar nada, siempre terminaba en lo mismo; las palabras obscenas que susurraba en sus oídos burlándose de su debilidad, sus propias lágrimas amargas y calientes porque sabía que nada cambiaría. El hombre oso jamás oía sus suplicas al arrebatarlo de su catre de paja. A él y al sujeto ardilla les importaba un rábano el alimentarlo decentemente, razón por la cual su resistencia nunca duraba más que unos pocos instantes y quizá por eso también los golpes se sentían hasta en los huesos; no tenía suficiente carne para cubrirlos. Al hombre ardilla no le interesaban los esclavos -prefería cebarse con las jóvenes animales-, de modo que era su mirada de desprecio y burla la que se perdía detrás de la puerta y sus manos diminutas, propias de su especie, las que la cerraban bruscamente, rompiendo toda esperanza de escape. De no ser porque no tenía casi nada que devolver, habría vomitado ante cada beso del oso. El aliento fétido y la visión de los dientes amarillos serían algo que contraería su estómago ante el sólo recuerdo durante demasiados años. No deseaba nada de eso, no quería seguir siendo un esclavo, quería volver con sus padres muertos, a su casa rodeada de campos verdes; no estar en ese mundo de arena y sol que desconocía, junto a ese oso que destruía mucho más que su cuerpo a medida que lo embestía y sonreía a la salud de su pena. Acostarse en la cama era el paso más fácil, en ese punto ya se había rendido y no tenía que hacerse más moretones en una lucha inútil. Pero entonces él llegaba y arrancaba su túnica de hilo, destrozándola por completo. Eso también dolía; el muy bruto ni siquiera se molestaba en pensar que no tenía ninguna otra prenda, a la mañana siguiente se vería andando con una bolsa de patatas hasta que asaltaran otro bazar y pudiera coger algo para sí. Los dientes del hombre, tal y como el alma de la especie que anidaba en su interior, eran horriblemente grandes y a cada lametón, era inusitado que no lo desgarrara un poco. Esa escena no sucedía muy seguido, pero a Green le parecía que ya era una sensación habitual la de la sangre escapando de sus heridas y recorriéndolo entre espasmos de asco y llanto. Sus manos, peludas, bruscas, de uñas como garras, lo agarraban de la cabeza y lo obligaban a aceptar esa boca maloliente mientras la otra recorría su joven miembro -el miembro de un niño, de un cachorro de sólo doce primaveras- con ademanes tan fuertes que Green creía que quería arrancárselo. Los ruegos eran patéticos, incluso a sus oídos, pero era inevitable. “Por favor, por favor, ya basta. Me duele…” Una risa sádica y complacida. El mal aliento como único oxígeno. Él, queriendo voltear la cabeza para alejarse y luego siendo tomado de la mandíbula para aceptar sus espantosos besos. Choque de dientes, una lengua al menos tres veces más amplia que la suya que casi lo ahogaba en su recorrido febril. No se percataba del momento en que dejaba de notar sus lágrimas, a pesar de que éstas no dejaban de deslizarse, mientras sus delgadas piernas eran obligadas a abrirse para recibir al hombre y su excitación palpitante. Y luego la penetración. Sin preparación. Sin aviso, pues no había forma de prevenir semejante dolor. Un dolor tan penetrante que lo hacía lanzar un grito desde lo más profundo de su pecho, lastimando de tal modo su garganta ya ronca que sentía que jamás iba a poder hablar nuevamente. Un grito que pareció seguir por siempre, con la risa de fondo, la aversión hacia el cuerpo donde apoyaba el oso sus manos, y se volvió más y más grave hasta que ya no sonaba como la de un niño. Un grito que se sintió como cuchillas y permaneció en sus oídos aun cuando abrió los ojos, un grito que lo dejó trastornado, asustado y desorientado cuando descubrió que un hombre lo sujetaba de los hombros e intentaba hablarle casi a los gritos para acallar el suyo. La luz que entraba por la ventana revelaba una melena naranja, ribeteada de mechones negros. Una mirada que carecía de zonas blancas. Arshan. Era Arshan. Y seguía gritando, estaba casi histérico mientras lo zarandeaba. -¡Maldita sea, ya cálmate, enano!-vociferaba como en un rugido devastador, suficiente para estremecer los huesos de cualquier hombre, increíblemente reconfortante. De haber podido, Green se habría echado a llorar en ese instante. Un sueño. No, un recuerdo horrible, pero nada más que eso. Estaba a salvo, en la casa de sus amos. Python, el amo Python, su cabeza, con escamas de reptil en lugar de cabello, brillando a la escasa luz; estiraba una mano en la oscuridad para dar un firme apretón en el brazo del tigre. -Ya es suficiente. El chico está despierto. Arshan, en su estado agitado, hubiera dado un empujón a cualquier otro sin hacerle caso, pero a la palabra de su pareja lo soltó, respirando con agitación. Algunos pelos se le habían levantado, como si se hubiera llevado un susto tremendo. Sus ojos castaños parecían debatirse entre la furia, el desconcierto y el deseo de destruir algo. -Vaya grito que te has lanzado, enano -espetó el tigre, calmándose pero sin dejar de darle esa mirada escrutadora que aprenden todos los guerreros en el combate, penetrante, como si quisiera leer los pensamientos escritos en tu cara. Estaba sentado y Python se había inclinado para hablarle, porque él se había caído de la cama mientras dormía. Se levantó de repente y Green vio que ambos tenían sus ropas de cama, unos pantalones abombados que caían sobre sus tobillos. -No sé qué mierda fue eso -dijo Arshan tomándolo de la mano e impulsándolo a levantarse con tanta rapidez que se sintió mareado. El hombre lo sujetó, para evitar su caída, y enderezó, mientras su voz resonaba en los recovecos de su mente, familiar y apreciada, lejos de compararse a la del oso-. Pero tú te vienes a dormir con nosotros ahora. No quiero tener que volver a escuchar eso desde otra habitación. El esclavo asintió, aunque en realidad no se necesitaba su aprobación, y en cuanto pudo dar dos pasos seguidos aceptó la mano de Python para que lo condujera a la habitación que éste y Arshan compartían. El tigre le rodeó los hombros con un brazo y no se separó de su lado mientras caminaban. De verdad que el hombre tenía razón en llamarle enano, porque ni aún de puntillas la coronilla de Green alcanzaba más que la altura de las axilas. Como era de esperarse, el cuarto de sus amos era mucho más amplio que el suyo y la cama, envuelta en sábanas de seda doradas, brillando como oro, bien podría haber servido para cinco personas. Arshan lo dejó sobre ésta, que era infinitamente más cómoda que un lecho de paja, para a continuación envolverlo en las sábanas que sus dueños habían corrido de una patada cuando fueron en su búsqueda. Python lo acarició en la frente, apartando sus cabellos humedecidos por el sudor. Ahí tampoco había mayor iluminación que en la de su cuarto, pero sus ojos amarillos parecieron resplandecer como dos focos en una rincón oscuro. Los dedos eran delgados y elegantes, no tenían uñas ni pelo, resultaban deliciosamente cándidos. -Voy a traerle un vaso de agua -dijo Arshan dirigiéndose al baño, en un tono grave que, por lo alterado que se encontraba, sonaba irritado-. Luego de tal grito de seguro eso es lo que mejor le conviene. Era cierto, pero eso no disminuyó la súbita sensación de incomodidad. Los había sacado a ambos de la cama y sabía que si se lo preguntaban, ni siquiera podría dar una respuesta sincera. Después de que el tigre desapareciera de su vista, el pitón se acostó a su lado y siguió acariciándolo suavemente, mientras lo observaba de ese modo silencioso que tienen las pitones cuando analizaban a su entorno. -Si no quieres decirnos qué ha sido, no vamos a preguntártelo -aseguró, tomándole entonces de una mano y dándole un ligero apretón. Green no dijo gracias, aunque más tarde se diría que eso hubiera sido lo más apropiado. Ahora su cuerpo estaba demasiado cansado y el sueño interrumpido venía a reclamar su lugar sobre sus párpados. Entonces llegó Arshan a despertarlo. -Ni se te ocurra cerrar un ojo sin tomar esto, enano -regañó el tigre desde el borde de la cama, justo a la espalda de su pareja, tendiéndole un vaso cristalino que centelleó a luz de la luna. A Green le daba una tremenda flojera sentarse para beberlo, pero lo hizo porque no podía negar semejante gesto de parte de su amo. Bebió de una sentada y sólo cuando acabó se dio cuenta de la terrible sed que había tenido. Arshan le arrebató el vaso vacío y lo dejó en una mesa de noche que no alcanzó a vislumbrar. Luego se subió a la cama y, en cuatro patas, como un felino elegante y letal, se acomodó al otro lado de la gacela y le dio la espalda cubriéndose con las sábanas. A su derecha Python sonreía, divertido y burlón. -No te preocupes por él -le susurró conciliador-. Se ha llevado un buen susto al escucharte, pero no está enfadado contigo. Considera que él tiene malhumor si no duerme lo suficiente. Green asintió, sintiendo que la modorra lo dominaba. Pensó medio atontado que las almohadas de Python y Arshan olían exquisito, como si hubiera encontrado una planta que sus padres alguna vez cultivaron en un tiempo tan lejano que apenas concebía. Y luego el cuerpo de Python, cuando éste le abrazó, se sintió como el regreso al hogar amado. |
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