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Resumen: Esa fue la última vez que la viste, ¿no es cierto? Y no hiciste nada para evitarlo.
Claim: Anne Bridge, Angelique Doulart. Ves inmóvil la figura de tu amiga ante ti. Se hallan en un callejón, en el hueco entre tu casa y la del vecino, tú llevando en la mano la bolsa de basura que era tu deber sacar de la casa, mientras ella permanece quieta en la acera, sin moverse, sólo mirándote. Casi podrías jurar que no pestañea. Sabes que ella siempre había sido la mas pálida de las tres, dado a que se negaba a acercarse al sol, por lo que no es tanta la sorpresa al ver el efecto de luminosidad reflejada en su rostro, gracias al farol encendido ante tu casa. Aun así, no puedes evitar cierta inquietud al notar una tremenda semejanza con esas estatuas de piedra caliza que exponen en los museos de grandes artes, que antes no estaba ahí. Los cabellos morenos de los que alguna vez sentiste envidia seguían poseyendo esa elegante ondulación que hacia difícil determinar si eran rulos, cayendo en puntas abiertas por debajo de los hombros y dejándose bailar al suave vaivén de la calida brisa. De repente, sin proponértelo, a tu mente comienzan a asistir los rasgos que por tanto tiempo has visto y han caracterizado a tu mejor amiga. Te percatas que parece mas delgada de lo que recuerdas, o quizás sólo fuera la impresión que daba verla ataviada de los ropajes góticos que había adoptado la costumbre de llevar hace no mucho tiempo en combinación con las penumbras a sus espaldas. Todavía es más alta que tú. Sin embargo, ya no percibes esa usual aura de despreocupada irreverencia, esa que te hacía sentir aun más pequeña por no poseerla. Esa era una de las características que Angelique y Tatiana habían compartido. Por ese entonces ambas tomaban entre risas tus quejas acerca de pasarse el día hablando con semejante par de gigantes. Tatiana era la que pasaba un brazo por tus hombros y te aseguraba que te querían igualmente, mientras Angelique te guiñaba un ojo, asegurándote divertida que ya te llegaría la hora del estirón. Pues tal hora había pasado, y tu altura seguía sin alcanzar su coronilla. Con el corazón apretujado, tu consciencia te dijo que tampoco alcanzabas ni su mano, ni su corazón. Ella quiere decir algo, siempre habías sido capaz de intuirlo, pero por lo visto las palabras, el aliento o lo que fuera, no le llegaban a los labios. Anquelique nunca había sido un libro abierto, por lo que en esa clase de situación a ti sólo te quedaba intentar adivinar lo que pasaba por su cabeza, ya que la morena sabía ser esquiva cuando se lo proponía. Tatiana, por otra parte, prefería atosigar a su amiga a constantes preguntas y chantajes emocionales, hasta que finalmente Angelique hablaba (o gritaba, si se le agotaba toda paciencia) sobre lo que le sucedía, con el único fin de que la dejen en paz, para luego cerrarse cuando querían ahondar en el tema. Ahora Tatiana no estaba contigo, y a ti no se te viene nada a la mente. En tu pecho sientes el nacimiento de un miedo inexplicable, uno que deseaba que ella callase. Intentas opacarlo con lógicos razonamientos, pero tu corazón se acelera velozmente. Es pánico, lo reconoces, el pánico a lo inevitable. Angelique abre la boca vacilante, y alcanzas a vislumbrar un par de colmillos más puntiagudos de los que hayas visto antes. Sin embargo no emite sonido, sus labios y su mandíbula tiemblan ligeramente como si por razones que no comprendiera hubiera perdido la voz. También tomas consciencia de la forma en que entrecierra los ojos, impidiendo el flujo de un liquido carmesí tan espeso que casi cubría sus pupilas. Te concentras en el gesto, es familiar para ti, porque ella siempre se contiene llorar en publico, pues prefiere la soledad absoluta. -Lo lamento-deja escapar en un sollozo, su voz adornada con un nuevo matiz, al tiempo que dos líneas rojas comienzan a rayar sus mejillas. El siguiente momento es uno que recordaras el resto de tu vida, reviviéndolo en tu mente una y otra vez hasta que pierda sentido, cambiando escenarios, circunstancias, nombres, modificando lo que hiciste. Habrá ocasiones en las que creerás haberla llamado a gritos durante horas, así como en las que te convencerás, quizás para aplacar tu culpa, de que te lanzaste hacia ella y quisiste atrapar su mano. Pero no importa, porque el resultado jamás podrás cambiarlo. Tan sólo había bastado un parpadeo y Angelique había desaparecido. Lo que nunca habrás de olvidar es la enorme sensación de vacío que te invadió, y la innegable certeza de aquello que ya habías temido sucedió y al final no pudiste evitarlo. Angelique se había ido frente a tus narices. Y tú nada habías hecho. |
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Resumen: Los últimos momentos de la familia Doulart.
Claim: Samanta Doulart, Joshep Doulart, Angelique Doulart. No había nubes en el cielo, la luna entraba pura y potente por la ventana, dando en los cabellos rubios de la mujer tendida sobre el sillón del cuarto. El mueble era viejo y raído, no combinaba con la decoración en tonos pasteles de la habitación, pero servía para vigilar a la criatura que dormitaba en la cuna. La mujer no estaba dormida, se movía de adelante y atrás abrazada a sus piernas, respirando hondamente como si así pudiera evitar derrumbarse. Los cabellos rubios ondulaban hasta más de la mitad de la espalda y el descuido prolongado los hacía ver como greñas de bruja loca, aunque en realidad podrían haber sido bastante bonitos. Ojos grandes y azules, desorbitados, se clavaban en su hija. El esposo la miraba desde el marco de la puerta. No había nada que decirle en ese estado, sólo le restaba esperar a que reaccionara. El cabello azabache se lo recogía en una coleta en la nuca, la mirada celesta estaba calmada. O lo pretendía al menos. Por la salud mental de ella. —Tenemos que matarla —musitó ella con voz casi chillona, sin mirarlo. Lo había dicho muchas veces, eso se adivinaba por el leve gesto de negación del hombre. —No podemos hacerlo, es una bebé —justificó él pacientemente. Ya no podía abrazarla para calmarla y lo lamentaba, siempre reaccionaba violentamente y aún no se le curaba el arañazo sobre su mejilla—. No es una bebé, es un demonio —dijo con voz profunda, casi perdiendo el aliento ante semejante revelación—. El demonio le sonríe, no podemos dejarla con vida. La niña no se enteraba de nada. Su madre ya no la abrazaba cuando lloraba en las noches ni se desvelaba para tenerle la leche tibia. Ahora de eso se ocupaba él, luego de asegurarse de dejar a su esposa descansando en su lecho. Han sido cinco meses de esa rutina y no sabe qué duele más; el desprecio hacia su propia criatura, consentida y mimada anteriormente, o la locura que la consumía lentamente. La frase era la misma cuando decidía hablar, hace mucho tiempo que no ha vuelto a relacionarse con sus amigas. Ella no las buscaba y no parecía percatarse del cambio en su vida. Él tampoco se lo hubiera permitido si hubieran sido otros sus deseos, mientras estuviera así sólo podía ser un peligro. —El demonio le sonríe —repitió ella como la niña que se repite que los monstruos no existen, encerrada en un cuarto oscuro donde sabe que sus padres no la rescataran—. No puede vivir. ¿Cuál demonio? No lo sabía. Y a veces dudaba de que ella tuviera alguna noción. —Es tu hija —parece muy débil su argumento, dicho en ese tono grave que para los hombres es el preludio al sollozo y a la ruina. Por favor, Samanta, vuelve, regresa a la realidad. Pero ella no escucha. Desde hace mucho tiempo que no lo hace. No nota el ruego en su expresión abatida, cansada por estar al pendiente de una criatura incapaz de hacer lo que sea por sí misma y una mujer que ya ha intentado suicidarse con un cuchillo de la cocina. La herida se ha vuelto blanca en su brazo y la piel regenerada parece brillar a la luz de una lámpara en un mueble para cambiar de pañales. Siempre ha sido una mujer hermosa. Ahora dos grandes ojeras arruinan el rostro que alguna vez fue tan risueño. ¿A dónde se ha ido tu alegría, Sam? —Hay que matarla. El demonio le ha sonreído. Ella sabe que es su pequeña, a pesar de todo. Sabe que quiere hacerla abandonar el mundo y que la ama por sobre cualquier cosa, que esa cosita con una pelusa oscura sobre la cabeza es la hermosa niña que sollozó sobre su pecho en el hospital y antes de asimilar donde se hallaba tomó su dedo entre su minúscula mano rosada. ¿Cómo saber que ella sería el blanco de la mirada de aquél payaso en el circo? Un payaso que no era humano, de saltos demasiado perfectos y altos, de entonación clara y fuerte sin necesidad de aparatos tecnológicos. Se había querido desmayar al contemplar los movimientos de aquellos artistas, ninguno era ayudado por cuerdas o semejantes. Todos muy pálidos, de ojos hipnotizantes y arrebatadores, vestidos con trajes ridículos y chillones que parecían casi luminescentes en contraste con sus pieles. Los espectadores no habían hecho más que aplaudir, gritar de entusiasmo ante cada voltereta y ella por poco suelta un grito del más puro terror más de una vez. No entendía por qué nadie se percataba de que no eran humanos, o qué rayos hacía ahí que no se llevaba a su hija lejos de todos ellos. Su esposo había salido a uno de los baños portátiles de afuera, no sabía del payaso que lanzaba miradas de soslayo a la figura ataviada de rosa claro sobre su regazo, quien reía con el público y adelantaba las manitas como queriendo tomar el escenario. Ignoraba que le hacía daño mientras la sostenía por el pecho, sólo podía observar entre fascinada y espantada el aberrante espectáculo. Hasta que él se acercó directamente a ella, llevando una paleta de colores en una canasta. La canasta parecía propia de un carnaval, adornada de lazos de brillantes colores y figuras de conejos alegres en los costados. Había deseado desesperada apartarse, gritar porque lo apartaran a él de su vista. Pero de todos modos él no le prestaba atención, miraba a la niña con una fascinación casi enternecida. Y ella le sonrió de vuelta. El payaso estiró la mano ofreciéndole el dulce, sin deshacer su expresión encantadora pintada con maquillaje blanco y rojo, y la pequeña lo tomó, para a continuación lanzar un gritito de alegría. Apenas el hombre -bestia, monstruo, el diablo, lo que fuera ese ser- se dio la media vuelta, agarró la golosina y la arrojó despavorida al suelo sin importarle el consecuente llanto. No se quedó a esperar a que su esposo volviera, simplemente se giró y salió corriendo de la carpa a resguardarse en el auto. No podía quitarse de la cabeza aquél instante espantoso. Su bebé no había sido la única que había recibido un pequeño regalo, los otros payasos también habían repartido dulces entre al menos una docena de niños, pasando deliberadamente de otros que les lloraron por ellos. No era tanto que él se hubiera fijado en su hija, era que ésta, a pesar de su carácter huraño para con desconocidos, se hubiera mostrado tan confiada ante su cercanía y le hubiera correspondido la sonrisa. Ella había confiado en él de inmediato, se había sentido feliz de verlo, como si lo conociera. Cuando su esposo fue al auto, desesperado por no haberlas encontrado en la carpa, halló a la bebé durmiendo en el asiento trasero lejos de su sillita y a ella llorando encogida en el asiento del copiloto. Esa criatura no podía vivir. Tampoco ese maldito circo. El payaso, el anfitrión, el mago, el domador de serpientes, todos deberían arder en el infierno. Y su hija, a la que habían querido a través de sus mágicos ojos, cambiantes como gemas preciosas a la luz artificial, a la que le obsequiaron con un dulce y una amplia sonrisa, debería caer con ellos. —— Ya no podía controlarla. Joseph finalmente se rindió ante la cruda verdad, era incapaz de controlar a su esposa. La noche anterior ella había decido dejar que sus palabras se convirtieran en acciones y de no ser por su intervención, el cuchillo de cocina habría acabado en el pecho de su hija. Los ojos los había tenido arrebolados por las lágrimas, pero no se rindió en la lucha hasta que logró desmayar a su mujer. La bebé había estado llorando en su cuna, alarmada por los gritos. Ahora estaban en el auto, el llanto sin ser aplacado pese a las muecas que intentaba esbozar. Samanta dormitaba en el asiento a su lado, la cabeza ladeada sobre su hombro y dejando que la saliva se deslizara hasta él, manchando su ropa. La había sujetado fuertemente con los cinturones de seguridad y pensaba que no dejaría las llaves con ellas cuando bajara. Tan pronto como acabara con lo que pensaba hacer, la llevaría a una clínica o algo así, un sitio donde pudieran hacerse cargo de ella apropiadamente. Le dolía separarse de su hija, pero sabía que no podría cuidarla teniendo a la madre en ese estado tan deplorable. No podría soportar hacerse cargo de una vida tan preciosa para él, estando tan destrozado. Hacía lo correcto, al menos así podría estar a salvo. La señora Eden lo recibió en la puerta. Era una mujer algo mayor que él, atractiva aunque de aspecto bastante severo. —Imagino que usted es el señor Doulart —dijo y se hizo a un lado para dejarle pasar sin esperar respuesta. No le preguntó por la camisa deshecha, los cabellos revueltos o las espantosas ojeras—. Tome asiento, por favor. Tengo los papeles casi listos. Él se ubicó en una silla frente a un gran escritorio de madera oscura. Mecía en sus brazos a su hija, que lanzaba ocasionales hipidos, envuelta en una manta azulada. La señora Eden se sentó ante él, recogiendo un montón de papeles sobre el mueble y ordenándolos de un modo que para ella debía tener algún sentido. Luego tomó un bolígrafo posado a un lado y escribió unas cuantas cosas en ellos. Se sentía tranquilo en esa situación, su niña estaría bien, lejos de cualquier peligro. Mientras tuviera eso en mente podría soportar el peso sobre sus hombros. Había hecho bien en llamar a esa señora. —Muy bien, señor Doulart. ¿El nombre de la niña? Incluso la indiferencia de ella era reconfortante. La oficina olía a caramelos de miel, probablemente para dar a los otros niños. Nunca le habían gustado, pero en ese momento le parecía maravilloso su aroma. —Angelique —respondió con voz ronca. Tenía un poco irritada la garganta por haber gritado tanto horas atrás, aunque tal vez sólo fuera que estaba cansado. —Bien —afirmó ella, terminando de redactar algo que él no podía ver al final de la hoja. Finalizado eso, volvió a juntarla con las otras y se levantó de su asiento. Lentamente se acercó a él hasta tenderle los brazos-. No tiene que preocuparse más por ella, aquí la cuidaremos. —Gracias —fue lo único que pudo decir, percibía que no tenía voluntad para agregar más. Le dio un beso a su niña, su pequeño ángel, y se la entregó a la señora, que la acunó con suavidad, dándole palmaditas en la espalda. De repente estaba tan aliviado, se sentía tan libre que por un segundo creyó que iba a romper a llorar. Pero tuvo fuerza suficiente para despedirse con un cabeceo de la mujer y encaminarse fuera del orfanato. En su mente se repetía que en cuanto Samanta se recuperara, volvería a buscar a su hija, que estaría perfectamente sana, y todo volvería a ser como antes dentro de su pequeña familia. Sí, todo sería como antes. Sólo que no contaba con que algo fallara con los frenos y el volante de su automóvil, el cual siempre había dado unos cuantos problemas por ser de segunda mano. Tampoco con que un camión impaciente los golpeara por detrás y los sacara del camino, para que finalmente un segundo, conducido por un hombre que no los vio hasta que fue demasiado tarde, apareciera para voltear el vehículo. —— Angelique abrió los ojos, en el mismo momento en que Hermes bajaba las manos de los costados de su cabeza. La joven no lloraba, simplemente dejaba caer su mirada hacia abajo. Por un segundo al vampiro le dio la impresión de que no hablaría, pero pronto ella movió los labios un poco torpe, como si no recordara cómo hablar, y al cabo de un instante el sonido de su susurro emanó de ellos. —¿Cómo fue? Hermes acomodó su espalda contra la cabecera de la cama. Estaban en la habitación de ella, afuera la noche era lluviosa, las gotas deshaciéndose contra el cristal tras las cortinas azules. —No fue un accidente lo del mal funcionamiento —aclaró él como si le preguntara la hora, dando a entender lo que realmente era para él el asunto; un hecho y nada más-. Esos vampiros del circo lo quisieron así, para mantenerte en el orfanato. Ella sintió un peso en el corazón y entrecerró los ojos. No tenía verdaderos motivos para llorar, se dijo mentalmente. Sus padres habían muerto hacía tiempo y no había llorado por su causa en el pasado, no había razón para hacerlo ahora. —¿Por qué? Era cosa del destino que ella hubiera sido criada sin padres, estaba escrito que sería solitaria. Esos vampiros payasos probablemente sólo habían estado cumpliendo una orden. Significaban palabras en su mente, palabras lógicas y frías, propias de la criatura oscura en la que se convertiría, pero todo sonaba apenas como un eco y no podía sostenerse a ellas. —Porque sabían que tu nombre estaba escrito en el Libro de la Eternidad, y su razonamiento los llevó a pensar que era mejor para ti crecer sin ellos. No podía llorar. Era una estupidez, al final todo había sido por su bien. Ella pertenecía a ese mundo de oscuridad, era lo correcto, no había que llorar. Pero no importaba lo que pensara, lo que deseaba era acurrucarse entre las sábanas y llamar a su mamá, la mujer que quiso su muerte, sabiendo que era patético esperar un abrazo. Hermes no se lo daría, aunque deseaba dárselo, como lo haría con un oso de felpa. —Ellos murieron dos años más tarde —agregó el rubio impasible ante el estremecimiento de su cuerpo. Observaba hacia la ventana, como si no estuviera a punto de desmoronarse—. Cometieron la estupidez de creer que podrían dominar a un Hijo de las Tinieblas y saber más de los que les correspondía, así que los acabaron junto a toda su asamblea. Uno nunca debe ser impaciente con el conocimiento, debe esperar a que éste le llegue. Hablaba como si le enseñara una lección más, le daba un sermón que le sería infinitamente útil en el futuro, pero no le importaba a ella, no ahora. Se decía que no tenía derecho ni razón para perder el control, había sido su petición lo que había llevado a Hermes a enseñarle todas esas imágenes. Una criatura de la oscuridad no podía dejarse arrastrar por estúpidos sentimentalismos. —Perdón —sollozó cuando no pudo aguantar más el llanto. Se lanzó sobre su maestro, hacia su pecho y no le importó su posible reacción. Sólo quería abrazar algo, lo que fuera, y permitir el flujo de su tristeza. Ocultó la cabeza entre los pliegues de su abrigo oscuro, no queriendo ver su rostro imperturbable. Nunca había tenido a nadie que abrazar, en la oscuridad de su cuarto, cuando veía por la ventana del orfanato como otros niños se marchaban de la mano de sus nuevos padres. —Debes entender por lo que viste de tu madre que hay cosas que los humanos no pueden ni imaginar —continuó él sin hacer nada por separarla de sí. No había reproche alguno en su voz calmada, mientras la joven seguía empapando su ropa. Tampoco hizo nada por consolarla—. Ella era una centinela sin entrenamiento, podía intuir cosas que otros no podían, aunque no lo comprendiera, y por eso pudo identificar a aquellos payasos. Pero no estaba destinado que ella lucharía activamente, su mente era incapaz de asimilar semejantes verdades. En un segundo, con un jadeo, se acordó de Tatiana, que algún día sería una centinela, un alma que jamás permitiría la existencia de la oscuridad sobre la tierra. ¿Ella también enloquecería? —No —respondió Hermes tranquilamente como si hubiera dicho su duda en voz alta-. Tu amiga está acostumbrada a creer en lo que nunca ha visto, confía más en su intución que en su cerebro; no tendrá problemas cuando inicié su camino. No lo decía exactamente para aplacar su tristeza, sólo manifestaba un hecho. “Gracias al cielo”, pensó aliviada. ¿Pero por qué lloraba todavía? —- Daniel vio la escena desde la puerta de la habitación. Hermes recostaba a la muchacha dormida en su cama, luego de haber separado las sábanas para adentrarla en ellas. Acaba de regresar de la caza, su rostro se sentía caliente y su expresión era mucho más humana. No tenía que ver el rostro de Angelique para saber que había llorado, el olor ligado a la ropa de su pareja le servía como pista suficiente. Además de su tristeza desbordada, la percibía como una esencia más, aún enredada en el aire. Hermes no hizo nada al sentir su presencia, continuó quitándole el calzado a la chica y dejándolo a un lado de la cama, para luego cubrirla con las mantas y frazadas. —Estará bien —afirmó Hermes sin que se lo preguntara, volteándose. Las manchas húmedas en su ropa ya se habían secado. —Lo sé —contestó Daniel casi suspirando-. No te habrían permitido mostrarle nada si no fuera así. |
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Resumen: Lisa Bridge sólo había querido ir a casa y Richard ser recibido por su esposa.
Claim: Lisa Bridge, Richard Bridge. Lisa Bridge no necesitaba girar en su sitio para saber que la estaban siguiendo. No oía más pasos que los suyos sobre la grava en la acera ni sonido ajeno al correr de los automóviles, pero de todos modos la sensación prevalecía y eso la puso nerviosa. La noche se extendía por sobre los rascacielos de la ciudad y apenas se veían las estrellas gracias a la cantidad de luces artificiales, cobijadas al abrigo de nubes tenuemente moradas, tan delgadas que la coloración del cielo se percibía a través de ellas. El frío la llevó a abrazarse por un momento para luego bajar los brazos delgados, pues llevar las bolsas de comida pesadas era más cómodo en esa posición. Miró alrededor suyo y se sintió aliviada al ver que no estaba sola en su camino. Los transeúntes iban en su dirección o en la contraria, algunos cruzaban la calle hacia la otra acera, todos metidos en sus propios asuntos y sin siquiera dedicarle una segunda mirada. Aunque no puede descubrir quién la está siguiendo, se quedó tranquila al darse cuenta de que no corre peligro en un sitio concurrido. Si a la persona no le importara armar escándalo ya habría ido tras ella. Caminó con pasos firmes y tranquilos hasta la esquina al final de la calle, junto a un montón de personas que esperaban el autobús que los llevaría a sus destinos. Se apoyó suavemente contra el poste del semáforo y acomodó su carga entre sus brazos contra su pecho, alejando las narices de las hojas de espárragos. Al cabo de unos segundos de haberse detenido el vehículo hizo acto de presencia y los pasajeros entraron tras un rechinido irritante de la puerta. El viaje hacia casa le supo relajante, pese a los continuos baches por los que pasaban las ruedas y el terrible olor a cigarrillo presente en las paredes, pues dejó de tener aquella molesta sensación de ojos siguiéndola, sentada al fondo del lado izquierdo.. En ese momento se permitió pensar en cosas rutinarias, como en que esperaba que aún no les hubieran cortado el gas para poder cocinar un buen caldo y en que ojala su marido terminara pronto su novela porque su sueldo de secretaria no era el mejor para mantener a una bebé de apenas dos años. No pudo evitar suspirar ante este último pensamiento; Anne crecía bastante rápido y pronto necesitaría nueva ropa, las que tenía se desgastaban con el paso de los días. Miró por la ventana levemente sucia, y esperó hasta que su vista alcanzara la señal de la calla donde vivía antes de estirar la mano y agarrarse de la barra sobre su cabeza, tambaleando un poco en el proceso del autobús deteniéndose. No interesaban los números de veces que usara ese transporte, no podía acostumbrarse a su turbulencia y siempre parecía ser quien tenía más posibilidades de caerse. Siempre había sido una persona algo torpe, sin coordinación alguna en las piernas, razón por la cual no le gustaba el movimiento continuo ni los deportes. A veces imaginaba que su hija había heredado ese rasgo suyo, pues pese a que lograba dar algunos pasos vacilantes, al cabo terminaba tropezando con sus propios pies y sentada en el piso. Su casa estaba a otras cinco de distancia desde el lugar donde bajaría, cosa que lamentó porque eso significaba prolongar un poco más el tiempo hasta que pudiera echarse en una silla y quitarse sus molestos tacones asesinos de la comodidad. Sin embargo, cuando aterrizó en la acera, la sensación de que la observaban regresó con toda su claridad y, olvidándose de su fastidio, volteó a los lados aprensiva, esperando hallar el motivo. No había nada especial por donde mirara, más que las personas habituales caminando y los autos - ninguna de excelente calidad, nadie que residiera en esos barrios podían permitirse un vehículo muy elegante- estacionados frente a las casas de sus dueños. En apariencia, nada importante que destacar y gracias a ellos se sintió un poco tonta, mientras se decía que era el cansancio y se dirigió a su hogar. Éste era una construcción baja y modesta de dos pisos, cinco ventanas en total, tres al frente y sin jardín delantero. Las paredes estaban decoradas con graffiti que ya se habían cansado de tapar continuamente -además que no podían darse el lujo de comprar tanta pintura-. Una escalera de cinco escalones conducía a la entrada, la cual también estaba pintarrajada con un dibujo irreconocible apoyando un equipo que ni ella ni su esposo conocían. Buscó en el bolsillo de su chaqueta las llaves, un tanto nerviosa porque el sentimiento no la abandonaba. Habían tenido timbre alguna vez, pero éste se había descompuesto y no podían pagar a un técnico para que lo repare, amén de que Richard no tenía idea de cómo hacerlo. Pero en el momento en que sus dedos dieron con su objetivo, el cañón de un arma le dio bruscamente por la nuca, haciéndola soltar el llavero y lanzar un jadeo de sorpresa. —Ya, ya, mamita responsable —inquirió una voz masculina detrás de ella, bastante cerca de su oreja como para hablar en susurros. Su aliento era decididamente horrible y se tuvo que contener de girar la cabeza en otra dirección—. Tu esposito y tu nena no están en casa. Salieron al parque, lo cual significa que no hay nadie que te reciba ahí adentro. El tono de voz era grave y gutural, carecía del atontamiento propio de los borrachines o de la desesperación que habría esperado en un drogadicto. —¿Qué quiere? —espetó negándose a reconocer el miedo que amenazaba su corazón. Si aquél sujeto sabía dónde se hallaba su familia, entonces quería decir que la había estado esperando. No le daba la impresión de que estuviera drogado o alucinara, pero por si las dudas era mejor tratar de mantener la calma—. No tenemos nada de valor que quisiera robar. —No me interesa robarte, Lisa Bridge —respondió el desconocido, ligeramente divertido. Los latidos en su pecho se aceleraron al oír su nombre—. Lo que me importa eres tú. Eres una mujer muy poderosa, ¿lo sabías? “¿Poderosa?”, pensó desconcertada. —Me parece que me confunde con otra persona —adujo nerviosa, a sabiendas de que era poco probable—. No tengo nada que le interese. Sólo soy una secretaria en una editorial de libros. El extraño lanzó una curiosa carcajada, mitad resoplido y mitad jadeo, que nuevamente la llevó a contener la respiración por lo asqueroso que resultaba olerlo. —No me refiero a tu posición social, linda. Ni al dinero que sé perfectamente no tienes, si no a las habilidades que posees. —Y-yo no entiendo qué… —Sí, me imaginé que no sabrías —la atajó el individuo, acercando la nariz a su cuello, aumentando las náuseas ya presentes en la mujer—. Confórmate con saber que no puedo dejarte ir impune. Quién sabe si algún día puedes ser una interferencia para mi y mi aquelarre. —Señor, por favor —dijo en un tono bajo, próximo a la desesperación. Ni siquiera sabía lo que era un aquelarre y se preguntó si no sería una nueva banda terrorista—. Entienda, no tengo nada que pueda interesarle ni puedo hacer gran cosa. Apenas si sé hacer el desayuno. Así que, por favor… —Por favor, por favor, por favor —parodió el desconocido molesto—. ¿Todos ustedes son así de insufriblemente buenos o sólo aquellos a los que tengo que buscar? ¡Demonios, muestren algo de coraje para variar! Ella no supo responder. Por una parte porque no sabía si sería prudente una respuesta suya, por otra porque no se le ocurría qué más agregar. La confusión y la incertidumbre generaban frenético latidos en su pecho, pese a que se obligó a mantener la compostura. El sujeto presionó el arma contra su cabello y la agarró de un brazo, colocándoselo en la espalda. En la otra mano aún llevaba la comida, así que no podía usarla para defenderse. —Verás, Lisa Brigde —empezó él, lanzando su pútrido aliento en cada palabra. Con sólo olerlo, Lisa se imaginaba un humo de color verduzco saliendo de él como una de las caricaturas que ponía para diversión de Anne—, te voy a decir a grandes rasgos lo que sucede aquí. Tú eres una centinela desde tu nacimiento, lo que quiere decir que representar una amenaza para mi y mis compañeros y eso, me temo, es algo que simplemente no puedo permitir. Estoy seguro de que no tienes la menor idea de a lo que me refiero y lo cierto es que no importa. Tironeó de su extremidad, apretándola de tal manera que expulsó un tenue quejido. En eso tenía razón el hombre, nada de lo que había dicho tenía sentido a sus oídos. Ordenándole que caminara, el hombre la guió lejos de la entrada hasta bajar los cinco escalones. —Suelta las bolsas —espetó severamente y ella no tuvo otra opción que obedecer, sintiendo el frío del cañón posado en su cabeza. Aún en esa situación, sintió lástima por tener que realizar semejante desperdicio. Una manzana roja salió rodando hasta llegar a la calle, donde la veloz aparición de un automóvil la convirtió en puré bajo la rueda—. Sube —el vehiculo se había detenido justo al lado de ellos y la puerta se abrió al instante, revelando un joven pálido y de facciones traviesas, maquillado de tal manera que se asemejaba a un muerto y sencillos pantalones y camiseta, ambos negros y sin adornos. El que la sostenía la obligó a entrar, agachando la cabeza para que no se diera contra el techo, y el joven le mostró sonriente una cuerda gruesa, antes de rodear su cuello rápidamente con ella y tirar de ambos extremos en direcciones opuesta, ciñendo su garganta amenazadoramente. Se mantuvo quieta en esa posición, consciente de que aún tenía la amenaza del hombre de la pistola, el cual subió detrás de ella dando un portazo. Sentía unas ganas repentinas de llorar, porque se daba cuenta de que no podía salir con bien de esa situación. El auto era lo bastante ancho para que cupieran tres personas en el asiento trasero, aunque no sabría asegurar de qué clase se trataba. Detrás de ellos el otro hombre debió haber entrado, porque su aroma peculiar permaneció aún luego de haber oído un portazo. —Arranca —ordenó bruscamente. El hombre en el asiento delantero, al cual sólo podía ver la nuca, cabeceó afirmativamente y encendió el auto. Lisa observó por la ventana el veloz pasar de los edificios, mientras su corazón se estrujaba al pensar que se alejaba de su hogar. —– La luna en el cielo se veía blanca y pura por sobre los edificios cuando Richard encaminó hacia su casa, llevando a una Anne dormida en su cochecito de segunda mano. El transporte no era del todo malo, si uno descontaba el constante chirrido de una de las ruedas y que estaba casi cubierto de estampados. El hombre de mirada apacible verde observó a su hija y determinó que ya no había rastro del malestar que le había visto justo después de haberle dado su puré de bebé, cuando la pequeña se había ensañado en comer más rápido de lo recomendable. Por lo visto, el paseo por el parque había sido efectivo. Caminaba sonriendo, pese al acostumbrado chirrido, preguntándose si no es que su esposa ya habría llegado a casa y si no tendría la cena ya preparada. Tal vez los recibiría preocupada en el recibidor diminuto de su casa, a una pulgada de llamar a la policía para que los buscaran, aunque su sentido común se lo impidiera puesto que a bien seguro habría leído la nota de Richard pegada al refrigerador. A veces su mujer era sobreprotectora con ambos y Richard se debatía continuamente si entre dar gracias por ello, o porque no le hubiera puesto un localizador a la niña a la menor ocasión. Probablemente lo habría hecho si tuvieran el dinero. La brisa nocturna era refrescante al dar en su rostro, joven todavía y sólo ligeramente arrugado a los lados de la boca y de los ojos, como señales de que por ahí cruzaron muchas sonrisas. La mayoría alegres y quizá alguna nerviosa. No debería tener esas marcas, puesto que sólo tenía 23 años, pero alguna persona conocedora del tema podría argumentar que el peso que es mantener una familia a flote, y encontrar a cada fin de mes que pagar la renta parece cosa imposible, es cosa suficiente para que uno envejezca más velozmente que aquellos que no habían embarazado sin intención a su novia de hace sólo un año. De todos modos, Richard no se quejaba ya que creía tener una buena vida, con sus altas y sus bajas, como la de todos. Tenía una nena bastante inteligente -era asombroso la rapidez con que resolvía sus infantiles juegos de ingenio, como el en qué hueco encajar tal pieza-, una esposa hermosa a la que adoraba y buena salud. Dentro del sencillo mundo que él concebía, no tenía nada que envidiar a otras personas. Hubiera sido muy bonito que siguiera pensando así durante un largo tiempo, un año o dos hasta que surgiera alguna desgracia y se percatara de las numerosas carencias en las que vivía. En ese momento no necesitaba siquiera planteárselo, satisfecho en su ideal de que sería bien recibido en su hogar. Pero otro fue el cantar cuando descubrió a la policía en su pórtico y las bolsas de compras con todo su contenido desparramado por la acera. Los había llamado la señora Twinkers, la misma a la que hablaban llevando semblantes demasiado serios para ser de su agrado, tras haber visto a través de su ventana que Lisa fuera secuestrada por un sujeto con pasamontañas para conducirla a un vehículo -”horroroso, ni una rata lo querría”, según palabras de la anciana señora- que se había perdido en la lejanía. El bolso de ella seguía en los escalones de piedra y frente a la puerta relumbraba el llavero en forma de rana, cerca de una cartera. Lo peor no fueron los años de incertidumbre, los meses de silencio por parte de la policía ni las miradas extrañadas de Anne tratando de ubicar a su madre. No, todo eso podría haberlo soportado. Lo peor fue que hallaran su cuerpo desmembrado, hecho jirones irreconocibles -la dentadura había sido su única identificación- y colocado de tal manera que formara una estrella de cinco puntas dentro de un círculo, en el bosque de un pueblo al que nunca le interesaría recordar el nombre, a mucha distancia de donde residía. No contentos con desgarrarla en todos los sentidos, le habían vaciado las venas por completo por medio de dos pequeños pinchazos en el cuello. Ya había estado muerta cuando la cortaron y eso no había sucedido si no hasta dos años después de que se convirtiera en cadáver. No quiso escuchar del mensaje que se repetía alrededor del círculo, escrito con sangre e insectos muertos, ni tampoco quiso saber de los incontables locos en la televisión que hablaban de que se había tratado de un claro acto de satanismo. Hizo oídos sordos cuando mencionaron lo de “esta centinela cayó, siguen ustedes” y no le importó un rábano que mil reporteros se amontonaran en su entrada en busca de entrevistas. Las líneas de expresión continuaron en su rostro, pero ya no se acentuaron por la misma sonrisa -esa de estúpido, esa que das cuando estás enamorado- de antes. Y nunca quiso contárselo a Anne, no le vio el sentido. La niña creció pensando que había muerto en medio de su nacimiento. |
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El cumpleaños de ambas ya pasó hace mucho tiempo, así que lamento que no haya podido tenerles su regalo antes.
Va para mi melli querida, Selene. Gracias por toda la amistad que me has dado, el cariño, el apoyo. Y para Crucio, esa tía que está zafada de la cabeza y me cae de las mil maravillas. Cuentas conmigo para lo que quieras, Crucy-pooh. Ahora, las advertencias de rigor. 1_Los personajes de esta obra, así como sus situaciones, son mías. Pertenecen a una historia larga que estoy creando, Lazos de Oscuridad. 2_El modo en que trabajan los cuerpos de los vampiros es similar a los de Anne Rice, pero no es necesario conocer sus libros para entender este fic. 3_Este fic contiene lemmon, llámase así a las relaciones sexuales explicitas. En este caso, homosexuales. Bueno, supongo que eso es todo. Ojalá que les guste a las dos^^ Gracias a Uko-chan por betear. Los besos fueron insistentes, fieros, casi rayaron en lo salvaje. Gestos normales de pasión y deseos. ¿Pensaría alguien que se trataban de un par de bestias inhumanas? Los suspiros se deslizaron suavemente por los labios de Daniel, acariciando la lengua por momentos, sus colmillos ensangrentados. Las manos firmes e implacables de Hermes realizaron el conocido recorrido por su pecho, desde el cuello hacia abajo, sin ser muy presuroso en su acción, pero dando a entender que no deseaba ser paciente. ¿Se imaginaría alguien que esas mismas manos, insinuantes y excitadoras, había destrozado el cráneo de un hombre cual cristal de la copa más fina? Manchadas de sangre, invariablemente, por dentro y por fuera, la venas vivas a causa de asesinatos. El tacto de un ser inmortal con muchos años encima podría sentirse como mármol sobre el cuerpo de un humano, pero para un compañero de la oscuridad, de más de trescientos, era como si cada músculo interno fuera masajeado profundamente, relajándolo y entorpeciendo sus sentidos sobrenaturales con la eficacia de la droga más ilegal. Nada que sea tan exquisito podía ser permitido por la ley, ni siquiera por la luz. La sensación percibió gimiente entre su hombro y su cuello, perforado hace siglos por la boca de su ahora amante, siendo su bienvenida al Mundo de las Tinieblas. Desde entonces, se trataba de una de las zonas más sensibles de su cuerpo, si no era que la muerte lo hacía sensible a todo. Un estremecimiento lo sacudió por un segundo, y el calor creciente en su entrepierna lo obligaba a perder de vista el pasillo de su departamento. De un empujón, su espalda encontró la pared, aprisionándolo entre la anatomía semidesnuda de Hermes, pálida y hermosa, carente de cualquier imperfección, gracias a la sangre viva. No había necesidad de pensar siquiera en quién sería el dominante, de modo tal que Daniel asimiló la sumisión sin protestar. Por el rabillo del ojo, con sus ojos vampíricos, vislumbró la puerta frente a la que se hallaban y, en medio de su fiebre, logró apartar las brumas para formar una sola palabra coherente. —Angelique…— musitó, deseando con la poca consciencia que poseía, que la joven a la cual criaban no decidiera salir en esos momentos. Sabía que su “hija” no tenía problemas respecto a la homosexualidad, más allá de la impresión esperable de alguien poco habituado a ella, pero dudaba que la escena que protagonizaban sus tutores fuera de su agrado. Los labios de Hermes se separaron un poco de su cuello, para transmitir una voz ligeramente ronca. —Está dormida— espetó, acariciando su pecho y sus pezones de tal manera que el joven se veía estremecido por intensas olas de placer. Entonces Daniel abandonó su escasa reserva y dejó salir el torrente de gemidos que lo atacó. Para Angelique, una humana careciente de cualquier habilidad vampírica, sus sonidos no serían más audibles de lo que era el susurro de las cortinas a la voluntad del viento, el cual ellos podrían percibir con toda claridad si lo deseaban. Hermes enterró los dedos entre sus cabellos morenos de repente, impulsándolo a aceptar la boca demandante, seguida por la lengua, que no tardó en adentrarse. Seguidamente, el mayor lo tomó de la cadera con más firmeza y él, reconociendo la pequeña señal, le rodeó el cuello con los brazos, mientras sus pies se elevaban hasta posarse por encima de la línea del pantalón, dejando todo su cuerpo a merced de las manos que lo agarraron por el trasero. A través del poder mental de Hermes, la puerta de su cuarto se abrió inmediatamente, permitiéndole el paso hasta posar a su compañero sobre la cama con doseles de terciopelo morado, que siempre parecería fuera de lugar en su modesto apartamento, pero no deseaban desecharla. Oyeron el suave “clic” del seguro cerrarse, así como sus latidos exacerbados, bombeando velozmente. La luna se dejaba ver modestamente entre las nubes, siendo apenas un halo de luz lo que se colaba por su ventana y reflejándose en el semblante sonrosado de Hermes, que, pese a todo, llevaba su inexpresividad habitual. Sin embargo, su mirada azul relumbraba en un deleite que ni el mejor de los actores podría lograr. Ningún otro ser podría provocar ese brillo en él, quien había crecido asimilando la inutilidad de todo sentimiento. Sintió sumergirse en su propio gozo, pues sólo él lo había logrado. En un segundo, escuchó sus zapatos ser lanzados contra un ropero, guiados por el pensamiento de Hermes, al igual que los propios, y la repentina liberación de los calcetines. ¿Adónde había ido a parar su cinturón? No importaba, pues ahora sus pantalones seguían su mismo paradero, regalándole un alivio cuando su miembro erecto fue despojado de la ropa interior. Se besaron rápida y furiosamente, y, en un tiempo que Daniel juzgó demasiado corto, la cabeza de Hermes descendió por su cuerpo. No lo tomó en su boca directamente como hubiera querido-lo cual debería haber esperado-, sino que se dedicó a recorrer con su lengua alrededor de su ombligo firmemente, incitándolo a gemir en cuasi agonía. No intentó sostener sus rubios cabellos o guiarlo inútilmente de alguna manera, en cambio, elevó las caderas mientras sus manos inquietas retorcían las telas en las cuales se posaban. “Vamos, Hermes… no me hagas esto” Recordaba vagamente el éxtasis que lo había abrumado al llevar la muerte a los asesinos a sueldo de esa noche, cuya sangre palpitaba en sus venas y mantenían su miembro enhiesto, necesitado de atenciones; pero ahora lo veía como una mera sombra de lo que lo conducía a perderse en esos momentos. Los besos del mayor tenían una forma de tocar peculiar, casi como un pequeño puño presionando, y los labios poseían un agradable calor mortal. Su mano ligeramente rosada, pero nunca lo suficiente para disimular la palidez que había llevado en vida, recorrió su cintura de arriba y abajo, con la más exasperante suavidad, cual hombre que no lleva prisas para poseerlo. Daniel siguió moviéndose insinuante y recién encontró un breve alivio cuando Hermes tironeó ligeramente de su sexo, encerrándolo en un anillo que formó con los dedos índice y pulgar, y luego subiendo hasta la punta, haciendo una ligera presión en el recorrida, para luego volver a su estómago. Por más que le rogara mentalmente, el joven sabía que había una sola manera infalible para saltar esos pasos, los cuales estaba seguro no tenían otro propósito que el de desesperarlo. —Te a-amo, Hermes. Las palabras mágicas que siempre descolocaban a su pareja, pues carecía de cualquier consciencia respecto a las emociones. No le agradaba usar esa carta para esos fines, pero de cualquier modo, sin importar las circunstancias, nunca dejaba de ser verdad. Como lo suponía, Hermes tan sólo lo miró inexpresivamente, incluso más de lo que habituaba ver el mundo entero. La luz mostraba sus facciones agudas y pálidas, un poco revitalizadas a causa de su propia pasión. Cuando le dedicó una media sonrisa burlona en la oscuridad -siempre en la oscuridad, ¿no era por eso que lo amaba?-, Hermes se inclinó hacia sus labios, besándolos, haciendo que ampliara su mueca. Probablemente otro se hubiera desconcertado por la falta de respuesta verbal, pero ese simple movimiento era la máxima expresión que podía esperarse de él, criado desde la cuna de una infame gitana hacía siglos, con el dogma oscuro de que no había beneficio en el sentimiento humano para criaturas como ellos. No compartía esa idea, pero la aceptaba por su lógica y, aun si no lo hiciera, si se permitía pensar libremente en la horrible realidad que planteaba, el hecho de que fuera parte de Hermes era suficiente para hacerlo. Entonces ni hubieron preguntas sobre si estaba seguro -estúpidas dudas humanas- o sobre lo que quería; y su amante le subió las pantorrillas hasta sus hombros, arrancando un ronco suspiro de pura anticipación, que para ambos pareció llenar la habitación; a pesar de que en realidad tuvo la misma resonancia que una suave palmada. Después de tantos años, el sigilo se mostraba inherente a su comportamiento. Aunque la impasibilidad facial de Hermes se mantenía firme, también lo hacía el miembro que acercó sin vacilar a la pequeña abertura, la cual ya sentía palpitar de ansiedad. Lo penetró fácilmente al atraer su cuerpo con las manos, los años del mismo proceder daban sus frutos. Daniel nunca había disfrutado del sexo de otra forma en su vida inmortal, y al rememorar las sensaciones que experimentaba, decidía que no le interesaba conocer otras formas, ni otras personas con las cuales llevarlas a cabo. Así se satisfacía en su primitivo y oscuro placer, logrando que la resultante exhalación fuera un suspiro de liberación. Buscó intencionalmente la mirada del otro y, al hacerlo, esbozó una sonrisa de picardía. “Eres muy predecible a veces, ¿lo sabías?” Hermes, naturalmente, no se molestó pues era incapaz de hacerlo. “Algunos rasgos son eternos. Vivimos juntos lo suficiente como para que aprendieras los míos” Su respuesta fue perfectamente lógica, como todas sus leyes oscuras, las cuales procuraba seguir a rajatabla. Fría lógica. La lógica dictaba que su relación no debería haber durado ni la mitad de lo que había hecho. “Así como yo aprendí los tuyos” Entonces presionó un punto entre su sexo y su pierna izquierda con un dedo, obligándolo a soltar un respingo involuntario. No se rió, pero igualmente recibió una mirada de molestia. Procedió a echarse un poco hacia atrás, esforzándose en sentir lentamente la carne liberar la presión a su alrededor y luego la estrechez, aumentada dada la dureza que paulatinamente adquirían todos los vampiros, y a la vez aflojada debido a la costumbre. Acechó el cuello, lamiendo y acariciando las venas con los dientes, tentando, amenazando cual predador a su sumisa presa, al tiempo que continuaba con el ir y venir que generaba tales gemidos en su pareja. En algún momento lo mordió y, antes de que la sangre siquiera se asomara, cubrió los pequeños agujeros con la lengua, para a continuación iniciar con el proceso de recoger cada gota de esa esencia mortal; percibiendo ligeros y placenteros pinchazos, que acrecentaban su deseo de apropiarse de cada rastro, cada partícula de la fuente. No eran pensamientos racionales y la lógica era una isla desconocida, pero cumplía las normas, pues semejante instinto era animal, no humano. La noble locura que proviene de la oscuridad. El placer no significaba algo para sonreír como con los humanos, era el alcance de la máxima sabiduría, el momento en que no había nombre, color o existencia que valiera la pena; el conocimiento que poseían los Hijos de las Tinieblas. La vida se convertía en ese efímero instante en lo que siempre había sido, una futilidad en el universo. Y esa revelación conllevaba horror para Daniel, pues ya no había dulce Angelique, fascinada y curiosa en cuanto al mundo al que era su destino pertenecer, desde que su nombre fue escrito en el Libro de la Eternidad, como a todas las criaturas oscuras; y, más devastador aun, no había ningún Hermes que lo acompañara. Estaba solo en ese universo de inconsciencia, abrumado por un estado que ni siquiera podía llamarse muerte, pues no concebía algo tan nimio como la vida. Conocer su valor, su significado, momentos antes de que sucediera, no servía de nada cuando quería atarse a la Tierra. Quería gritar, pero carecía de oídos y no existía el sonido. Duró un segundo, y se encontró contemplando el techo de la cama. Hermes estaba saliendo de su interior, notablemente cansado por los fluidos sanguinolentos que había derramado y que ahora él absorbería con un intenso estremecimiento. Algo parecido pero mucho más lento sucedía en su vientre, donde su esencia había sido expulsada. Tenía el pecho agitado, porque su corazón aún guardaba señales de su momentáneo pánico. El agotamiento que el acto le había dejado no le permitía otra cosa que estarse ahí, siendo satisfactoriamente consciente de sus tenues jadeos, las ondas de pensamiento que su hija emitía en sueños y la presencia de Hermes a su costado. —Lo lamento— musitó Hermes inexpresivamente, apoyándose en un codo. —No lo lamentas— respondió él, cerrando los ojos. No era un reproche. Hermes simplemente no podía lamentar nada; sólo eran palabras, una cortesía innecesaria e ilógica. Sus leyes oscuras no hablaban de esa clase de consideraciones para con sus discípulos, excepto por no tenerles ninguna clase de consideración. Hermes pasó sus dedos por una de sus mejillas y al apartarlos, brillaron unas gotas escarlatas. De nuevo había llorado. Se restregó la cara con el antebrazo en un ademán acostumbrado, y no por eso menos fastidiado, mientras el rubio abría las sábanas y se acomodaba entre ellas, observándolo, esperando que se situara a su lado. Los ojos le centellaban como cualquier vidrio, inexpresivos e igualmente fríos. Pero ahora no trasmitían la misma sensación de ser inanimado, Daniel lo sabía y así le dirigió una cansada sonrisa, que evidentemente el otro no comprendió, acostándose con él y luego tapándolos a ambos. Fría lógica, leyes oscuras. Muy pocos vampiros dormían en la misma cama que sus creadores. Incluso Hermes podía desobedecer algunas reglas. |
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Claim: Thor/Algua.
Advertencias: Incesto, lemon, prostitución. Resumen: Parecía un ruego tan simple, pero cumplirlo sería suicidio. Nota: Muchas gracias a Vitani Gren por su opinión, sus consejos, y a Kinderwebcam por las correcciones ortográficas. “Mátame” Nunca era una palabra, pero en esas circunstancias nunca dejaba de percibirse. Era más bien una mezcolanza de sentimientos que se agitaban en el aire, a la espera de que alguien las percibiera y las interpretara. Un poco de abatimiento, algo de tristeza, un tanto de resignación y el sentimiento de derrota predominaba sobre todos ellos; la aceptación de todo eso. No siempre acababan así, porque ambos entendían que era un simple trabajo; incluso a veces ella disfrutaba la experiencia y no lo necesitaba en lo absoluto, a veces simplemente se aburría enormemente y sólo quería distraerse. En otras todo le resultaba una pesadilla que la dejaba vulnerable a los embates de la realidad en la que vivían, se daba cuenta de que nada tenía sentido y entonces debía buscar a su hermano para encontrar tranquilidad. Así de simple, el asunto no trascendía más allá, cosa que ambos agradecían. Thor no podía hacer nada mientras dejaba que su hermana reposara la cabeza sobre su hombro. Ella estaba desnuda, y aunque unas sábanas blancas rozaban sus pies, no hacía amago de cubrirse; las lágrimas seguían iluminando sus mejillas pálidas, pese a que su respiración se había normalizado y ya no moqueaba. Su hermano había llegado hace tan sólo cinco minutos y verla había sido suficiente para callarse, sentarse a su lado y aguardar. Sin abrazos de su parte, sin palabras de consuelo, pero sin negarle su hombro ni el silencio. El dinero ganado por Algua descansaba encerrado en su puño, desde que ella se lo entregara entre sollozos incontrolables. Thor no podía saber lo que había pasado en esa habitación momentos antes, pero una buena pista eran los moretones en los brazos y el vientre de su hermana, la cual permanecía con los ojos abiertos, sin expresión, clavados al frente. No parecía dispuesta a moverse, pero no había prisa; los clientes habían pagado por adelantado toda la noche en ese pequeño motel de mala muerte y podían permitirse permanecer ahí hasta la mañana siguiente. No tenían un hogar al cual volver de todos modos, sólo una vieja casona, aunque Algua sintió que estaba en él cuando notó el apoyo firme de su hermano contra su rostro. Así siempre le era más sencillo calmarse después de realizar el acto con el que pagaban la comida. Afuera era la madrugada y los grillos hacían sonar sus patas sin pausa. Thor creía que iba a dormirse de un momento a otro, mas el sentimiento convertido en palabra flotaba en el aire y era difícil no ponerle atención, esperando que desapareciera de forma definitiva, como la mosca que no quieres que ande de paseo por el cuarto mientras descansas. “Mátame”. Ha perdido su matiz de ruego desde hacía tiempo y ahora se asemejaba a la esperanza de los niños por ver realizado su sueño. Siendo un vampiro psíquico, Thor no puede hacerle oídos sordos ni lo uno ni a lo otro, tal como Algua sabía, así como no desconocía el sentimiento de desazón que se engendraba en él por tales emociones suyas. —Nunca lo harías, ¿no? —espetó Algua, la voz algo quebrada, tan hueca cual lata abandonada en un basurero. Su hermano sintió que algo se le retorcía por dentro y su tono fue algo grave, como si esperara desde hace años responder esa pregunta. —No —dijo y le pareció que se volvía el ser más débil sobre la tierra al reconocerlo, aunque, aparte de enseñarle a notar esas debilidades, sus maestros en la oscuridad le habían enseñado que mentirse era la traición más estúpida. Era débil, en efecto, porque la sola idea de matar a su hermana, el único ser vivo que estaba a su lado en todo momento, era tan inconcebible como clavarse un cuchillo en su propio pecho. Había tenido pesadillas acerca de eso –él, pegándole un tiro al corazón de su hermana, sólo para mirar abajo y descubrir otra cruel herida en sí mismo- y al despertar le había faltado el aire, el sudor se había vuelto hielo en su cuerpo. Por eso no podía dormir, ni siquiera cabecear, hasta que esa palabra, la fastidiosa mosca, se desvaneciera del aire como suspiros de mártires. La respuesta pareció devolverle el aliento a Algua, cuya respiración casi sonó la sombra de un suspiro, y deslizó su mano por el colchón revuelto hasta tomar la de su hermano. Daba la impresión de ser una delicada muñeca que no encontraba cómo decir la sempiterna frase “mamá”, aun cuando le apretaras el estómago como dice el comercial. Ella encontró el espacio entre sus dedos, se encajó en ellos como una pieza de rompecabezas y se aferró a la palma, sin importarle no recibir respuesta o un apretón similar, sólo satisfecha de sentir su piel cálida en contraste de la suya helada. Esa mano era lo único que nunca le había faltado, la única certeza que le quedaba luego de estar segura de que había muerto o que no le importaría morir, a pesar de que aún respiraba y su dolor, el profundo abismo en su interior, existía impunemente. Otro sollozo vino a perturbar la precaria calma a la que había llegado, y esta vez lo sintió intensificarse gracias su dolor de cabeza naciente. Su cuerpo se agitó levemente, como si estuviera mareada, y no pudo evitar un tenue quejido, porque en serio le molestaba la cabeza, además de los golpes, y sabía que no había una cama de plumas a la cual echarse. Nuevas lágrimas se deslizaban por su rostro. —Tápate o te enfermarás—le dijo Thor en voz baja, tono neutro, y se estiró, privándola de su hombro por el momento, para agarrar una sábana y tironearla hasta cubrir con ella a ambos, porque él también tenía frío. Algua, quejándose de su jaqueca en suaves llantos, se abrazó a su hermano para acurrucarse con él mientras éste se quitaba los zapatos ayudándose de los talones y la envolvía en sus brazos. Las manos de Thor dieron con la tersa piel pálida, encontrándola helada, y la recorrieron de arriba abajo casi distraídamente mientras ella metía una mano dentro de su camisa para agarrarse a su cintura. Tales movimientos resultaban naturales para ellos, como lo es para la mayoría responder al saludo de un perfecto desconocido; a sus dieciséis años, dos desde que llevaban a cabo el oficio más antiguo en el mundo, no había pudor de ninguna clase entre ambos. Thor pensó que ya podría dormir tranquilamente, pero vio su equivocación cuando la mano de su hermana no se quedó quieta y, por el contrario, empezó a tirar de sus pantalones hacia abajo. No le sorprendió el acto por lo que se acomodó en la cama hasta quedarse acostado y Algua apoyó la mejilla sobre su pecho, respirando más hondamente para lograr menguar sus dolores corporales. La adolescente recordó que en esa posición había estado con uno de los clientes hace unos instantes, mientras el otro estaba a sus espaldas, besándole el cuello con su agrio aliento, y se apresuró aun más en desvestir a su hermano. Sentía cada zona donde aquel hombre había posado los labios y se estremecía de asco, descubriendo más piel por parte de Thor en movimientos que se tornaban desesperados. Volvían a su mente el tacto de aquellas palmas ásperas, y era más la sensación del contacto, que de las partes donde la tocaban, lo que la llevaba a jadear al tiempo que empezaba a masturbar a su hermano. Estaba sucia, asquerosa y sólo él podía limpiarla. En todo ese rato Thor intentaba acariciar lo que estaba a su alcance, buscando inconscientemente, por deseo de Algua, eliminar las manchas de aquellos clientes. Cuando ella le rodeó con sus manos tibias, tirando para frío, arqueó la espalda de tal modo que su coronilla rozó la cabecera. Un frenesí enloquecedor, lejos de compararse al que se relaciona con la pasión, estaba haciendo presa de su hermana y él, por su empatia sobrenatural, lo estaba compartiendo. “Quítame sus huellas, quítame sus manos de encima” suplicaban las jadeos desaforados de Algua al subírsele encima, su mirada azul, perdida cual niña en laberinto, abrazándose a su cabeza de tal modo que él enterraba el rostro entre su pecho. En ese sitio la sensación era un poco más cálida y el corazón latía como en una loca cabalgata en busca de la vida en medio del túnel más descorazonador. “Quítamelos, quítamelos” Dirigía su mano ahí abajo, conduciendo el miembro ya erecto hacia el altar antes profanado. Lloraba y hacía muecas de temor, porque sabía que le iba a doler su propia brusquedad, pero no importaba con tal de que ya no se sintiera sucia. Y dolió, un dolor agudo y veloz que la llevó a más lágrimas y a apretar los dientes; sucia, sucia. Arriba y abajo y ya estaría limpia, arriba y abajo y ya podría sentir algo, podría sentir que todavía estaba viva y era capaz de sentir algo. Arriba y abajo. Y Thor percibía el aliento en su oído ir y volver, el frenesí convirtiéndose en desesperación a medida que su hermana se movía, lanzando exhalaciones que se convertían en gemidos a medio paso de ser sollozos. Y luego todo pasó. Ella gimió casi de forma adolorida con la cabeza sobre su hombro, mientras pequeño cosquilleo se producía en sus partes inferiores al deslizarse hacia fuera el miembro ya flácido. Se dejó caer hacia un lado con sus fuerzas agotadas y atrajo un brazo de su hermano para dejarlo bajo el peso de su pecho agitado. Tenía los ojos cerrados y la beatitud inherente a la somnolencia venía a dejar su manto sobre su rostro; parecía que su calmante había funcionado. Thor, deseando dormir, arrancó con la otra mano uno de los extremos de las sábanas que cubrían el colchón, se limpió con ella los restos del semen y tomó la otra olvidada para cubrirlos de nuevo. Dos años pasaban desde que había pasado a ser la absolución de su hermana, la cachetada que le quitaba su halo de locura y la tranquilizaba lo suficiente para volver al mundo real. Desde que ella se le entregara en aquella bañera con el mismo ruego de purificación patente en todo su ser y él, simplemente, no pudo negarse a ser su consuelo. Así como tampoco podía matarla, por más que se lo rogara. Fin |
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