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Resumen: Lisa Bridge sólo había querido ir a casa y Richard ser recibido por su esposa.
Claim: Lisa Bridge, Richard Bridge. Lisa Bridge no necesitaba girar en su sitio para saber que la estaban siguiendo. No oía más pasos que los suyos sobre la grava en la acera ni sonido ajeno al correr de los automóviles, pero de todos modos la sensación prevalecía y eso la puso nerviosa. La noche se extendía por sobre los rascacielos de la ciudad y apenas se veían las estrellas gracias a la cantidad de luces artificiales, cobijadas al abrigo de nubes tenuemente moradas, tan delgadas que la coloración del cielo se percibía a través de ellas. El frío la llevó a abrazarse por un momento para luego bajar los brazos delgados, pues llevar las bolsas de comida pesadas era más cómodo en esa posición. Miró alrededor suyo y se sintió aliviada al ver que no estaba sola en su camino. Los transeúntes iban en su dirección o en la contraria, algunos cruzaban la calle hacia la otra acera, todos metidos en sus propios asuntos y sin siquiera dedicarle una segunda mirada. Aunque no puede descubrir quién la está siguiendo, se quedó tranquila al darse cuenta de que no corre peligro en un sitio concurrido. Si a la persona no le importara armar escándalo ya habría ido tras ella. Caminó con pasos firmes y tranquilos hasta la esquina al final de la calle, junto a un montón de personas que esperaban el autobús que los llevaría a sus destinos. Se apoyó suavemente contra el poste del semáforo y acomodó su carga entre sus brazos contra su pecho, alejando las narices de las hojas de espárragos. Al cabo de unos segundos de haberse detenido el vehículo hizo acto de presencia y los pasajeros entraron tras un rechinido irritante de la puerta. El viaje hacia casa le supo relajante, pese a los continuos baches por los que pasaban las ruedas y el terrible olor a cigarrillo presente en las paredes, pues dejó de tener aquella molesta sensación de ojos siguiéndola, sentada al fondo del lado izquierdo.. En ese momento se permitió pensar en cosas rutinarias, como en que esperaba que aún no les hubieran cortado el gas para poder cocinar un buen caldo y en que ojala su marido terminara pronto su novela porque su sueldo de secretaria no era el mejor para mantener a una bebé de apenas dos años. No pudo evitar suspirar ante este último pensamiento; Anne crecía bastante rápido y pronto necesitaría nueva ropa, las que tenía se desgastaban con el paso de los días. Miró por la ventana levemente sucia, y esperó hasta que su vista alcanzara la señal de la calla donde vivía antes de estirar la mano y agarrarse de la barra sobre su cabeza, tambaleando un poco en el proceso del autobús deteniéndose. No interesaban los números de veces que usara ese transporte, no podía acostumbrarse a su turbulencia y siempre parecía ser quien tenía más posibilidades de caerse. Siempre había sido una persona algo torpe, sin coordinación alguna en las piernas, razón por la cual no le gustaba el movimiento continuo ni los deportes. A veces imaginaba que su hija había heredado ese rasgo suyo, pues pese a que lograba dar algunos pasos vacilantes, al cabo terminaba tropezando con sus propios pies y sentada en el piso. Su casa estaba a otras cinco de distancia desde el lugar donde bajaría, cosa que lamentó porque eso significaba prolongar un poco más el tiempo hasta que pudiera echarse en una silla y quitarse sus molestos tacones asesinos de la comodidad. Sin embargo, cuando aterrizó en la acera, la sensación de que la observaban regresó con toda su claridad y, olvidándose de su fastidio, volteó a los lados aprensiva, esperando hallar el motivo. No había nada especial por donde mirara, más que las personas habituales caminando y los autos - ninguna de excelente calidad, nadie que residiera en esos barrios podían permitirse un vehículo muy elegante- estacionados frente a las casas de sus dueños. En apariencia, nada importante que destacar y gracias a ellos se sintió un poco tonta, mientras se decía que era el cansancio y se dirigió a su hogar. Éste era una construcción baja y modesta de dos pisos, cinco ventanas en total, tres al frente y sin jardín delantero. Las paredes estaban decoradas con graffiti que ya se habían cansado de tapar continuamente -además que no podían darse el lujo de comprar tanta pintura-. Una escalera de cinco escalones conducía a la entrada, la cual también estaba pintarrajada con un dibujo irreconocible apoyando un equipo que ni ella ni su esposo conocían. Buscó en el bolsillo de su chaqueta las llaves, un tanto nerviosa porque el sentimiento no la abandonaba. Habían tenido timbre alguna vez, pero éste se había descompuesto y no podían pagar a un técnico para que lo repare, amén de que Richard no tenía idea de cómo hacerlo. Pero en el momento en que sus dedos dieron con su objetivo, el cañón de un arma le dio bruscamente por la nuca, haciéndola soltar el llavero y lanzar un jadeo de sorpresa. —Ya, ya, mamita responsable —inquirió una voz masculina detrás de ella, bastante cerca de su oreja como para hablar en susurros. Su aliento era decididamente horrible y se tuvo que contener de girar la cabeza en otra dirección—. Tu esposito y tu nena no están en casa. Salieron al parque, lo cual significa que no hay nadie que te reciba ahí adentro. El tono de voz era grave y gutural, carecía del atontamiento propio de los borrachines o de la desesperación que habría esperado en un drogadicto. —¿Qué quiere? —espetó negándose a reconocer el miedo que amenazaba su corazón. Si aquél sujeto sabía dónde se hallaba su familia, entonces quería decir que la había estado esperando. No le daba la impresión de que estuviera drogado o alucinara, pero por si las dudas era mejor tratar de mantener la calma—. No tenemos nada de valor que quisiera robar. —No me interesa robarte, Lisa Bridge —respondió el desconocido, ligeramente divertido. Los latidos en su pecho se aceleraron al oír su nombre—. Lo que me importa eres tú. Eres una mujer muy poderosa, ¿lo sabías? “¿Poderosa?”, pensó desconcertada. —Me parece que me confunde con otra persona —adujo nerviosa, a sabiendas de que era poco probable—. No tengo nada que le interese. Sólo soy una secretaria en una editorial de libros. El extraño lanzó una curiosa carcajada, mitad resoplido y mitad jadeo, que nuevamente la llevó a contener la respiración por lo asqueroso que resultaba olerlo. —No me refiero a tu posición social, linda. Ni al dinero que sé perfectamente no tienes, si no a las habilidades que posees. —Y-yo no entiendo qué… —Sí, me imaginé que no sabrías —la atajó el individuo, acercando la nariz a su cuello, aumentando las náuseas ya presentes en la mujer—. Confórmate con saber que no puedo dejarte ir impune. Quién sabe si algún día puedes ser una interferencia para mi y mi aquelarre. —Señor, por favor —dijo en un tono bajo, próximo a la desesperación. Ni siquiera sabía lo que era un aquelarre y se preguntó si no sería una nueva banda terrorista—. Entienda, no tengo nada que pueda interesarle ni puedo hacer gran cosa. Apenas si sé hacer el desayuno. Así que, por favor… —Por favor, por favor, por favor —parodió el desconocido molesto—. ¿Todos ustedes son así de insufriblemente buenos o sólo aquellos a los que tengo que buscar? ¡Demonios, muestren algo de coraje para variar! Ella no supo responder. Por una parte porque no sabía si sería prudente una respuesta suya, por otra porque no se le ocurría qué más agregar. La confusión y la incertidumbre generaban frenético latidos en su pecho, pese a que se obligó a mantener la compostura. El sujeto presionó el arma contra su cabello y la agarró de un brazo, colocándoselo en la espalda. En la otra mano aún llevaba la comida, así que no podía usarla para defenderse. —Verás, Lisa Brigde —empezó él, lanzando su pútrido aliento en cada palabra. Con sólo olerlo, Lisa se imaginaba un humo de color verduzco saliendo de él como una de las caricaturas que ponía para diversión de Anne—, te voy a decir a grandes rasgos lo que sucede aquí. Tú eres una centinela desde tu nacimiento, lo que quiere decir que representar una amenaza para mi y mis compañeros y eso, me temo, es algo que simplemente no puedo permitir. Estoy seguro de que no tienes la menor idea de a lo que me refiero y lo cierto es que no importa. Tironeó de su extremidad, apretándola de tal manera que expulsó un tenue quejido. En eso tenía razón el hombre, nada de lo que había dicho tenía sentido a sus oídos. Ordenándole que caminara, el hombre la guió lejos de la entrada hasta bajar los cinco escalones. —Suelta las bolsas —espetó severamente y ella no tuvo otra opción que obedecer, sintiendo el frío del cañón posado en su cabeza. Aún en esa situación, sintió lástima por tener que realizar semejante desperdicio. Una manzana roja salió rodando hasta llegar a la calle, donde la veloz aparición de un automóvil la convirtió en puré bajo la rueda—. Sube —el vehiculo se había detenido justo al lado de ellos y la puerta se abrió al instante, revelando un joven pálido y de facciones traviesas, maquillado de tal manera que se asemejaba a un muerto y sencillos pantalones y camiseta, ambos negros y sin adornos. El que la sostenía la obligó a entrar, agachando la cabeza para que no se diera contra el techo, y el joven le mostró sonriente una cuerda gruesa, antes de rodear su cuello rápidamente con ella y tirar de ambos extremos en direcciones opuesta, ciñendo su garganta amenazadoramente. Se mantuvo quieta en esa posición, consciente de que aún tenía la amenaza del hombre de la pistola, el cual subió detrás de ella dando un portazo. Sentía unas ganas repentinas de llorar, porque se daba cuenta de que no podía salir con bien de esa situación. El auto era lo bastante ancho para que cupieran tres personas en el asiento trasero, aunque no sabría asegurar de qué clase se trataba. Detrás de ellos el otro hombre debió haber entrado, porque su aroma peculiar permaneció aún luego de haber oído un portazo. —Arranca —ordenó bruscamente. El hombre en el asiento delantero, al cual sólo podía ver la nuca, cabeceó afirmativamente y encendió el auto. Lisa observó por la ventana el veloz pasar de los edificios, mientras su corazón se estrujaba al pensar que se alejaba de su hogar. —– La luna en el cielo se veía blanca y pura por sobre los edificios cuando Richard encaminó hacia su casa, llevando a una Anne dormida en su cochecito de segunda mano. El transporte no era del todo malo, si uno descontaba el constante chirrido de una de las ruedas y que estaba casi cubierto de estampados. El hombre de mirada apacible verde observó a su hija y determinó que ya no había rastro del malestar que le había visto justo después de haberle dado su puré de bebé, cuando la pequeña se había ensañado en comer más rápido de lo recomendable. Por lo visto, el paseo por el parque había sido efectivo. Caminaba sonriendo, pese al acostumbrado chirrido, preguntándose si no es que su esposa ya habría llegado a casa y si no tendría la cena ya preparada. Tal vez los recibiría preocupada en el recibidor diminuto de su casa, a una pulgada de llamar a la policía para que los buscaran, aunque su sentido común se lo impidiera puesto que a bien seguro habría leído la nota de Richard pegada al refrigerador. A veces su mujer era sobreprotectora con ambos y Richard se debatía continuamente si entre dar gracias por ello, o porque no le hubiera puesto un localizador a la niña a la menor ocasión. Probablemente lo habría hecho si tuvieran el dinero. La brisa nocturna era refrescante al dar en su rostro, joven todavía y sólo ligeramente arrugado a los lados de la boca y de los ojos, como señales de que por ahí cruzaron muchas sonrisas. La mayoría alegres y quizá alguna nerviosa. No debería tener esas marcas, puesto que sólo tenía 23 años, pero alguna persona conocedora del tema podría argumentar que el peso que es mantener una familia a flote, y encontrar a cada fin de mes que pagar la renta parece cosa imposible, es cosa suficiente para que uno envejezca más velozmente que aquellos que no habían embarazado sin intención a su novia de hace sólo un año. De todos modos, Richard no se quejaba ya que creía tener una buena vida, con sus altas y sus bajas, como la de todos. Tenía una nena bastante inteligente -era asombroso la rapidez con que resolvía sus infantiles juegos de ingenio, como el en qué hueco encajar tal pieza-, una esposa hermosa a la que adoraba y buena salud. Dentro del sencillo mundo que él concebía, no tenía nada que envidiar a otras personas. Hubiera sido muy bonito que siguiera pensando así durante un largo tiempo, un año o dos hasta que surgiera alguna desgracia y se percatara de las numerosas carencias en las que vivía. En ese momento no necesitaba siquiera planteárselo, satisfecho en su ideal de que sería bien recibido en su hogar. Pero otro fue el cantar cuando descubrió a la policía en su pórtico y las bolsas de compras con todo su contenido desparramado por la acera. Los había llamado la señora Twinkers, la misma a la que hablaban llevando semblantes demasiado serios para ser de su agrado, tras haber visto a través de su ventana que Lisa fuera secuestrada por un sujeto con pasamontañas para conducirla a un vehículo -”horroroso, ni una rata lo querría”, según palabras de la anciana señora- que se había perdido en la lejanía. El bolso de ella seguía en los escalones de piedra y frente a la puerta relumbraba el llavero en forma de rana, cerca de una cartera. Lo peor no fueron los años de incertidumbre, los meses de silencio por parte de la policía ni las miradas extrañadas de Anne tratando de ubicar a su madre. No, todo eso podría haberlo soportado. Lo peor fue que hallaran su cuerpo desmembrado, hecho jirones irreconocibles -la dentadura había sido su única identificación- y colocado de tal manera que formara una estrella de cinco puntas dentro de un círculo, en el bosque de un pueblo al que nunca le interesaría recordar el nombre, a mucha distancia de donde residía. No contentos con desgarrarla en todos los sentidos, le habían vaciado las venas por completo por medio de dos pequeños pinchazos en el cuello. Ya había estado muerta cuando la cortaron y eso no había sucedido si no hasta dos años después de que se convirtiera en cadáver. No quiso escuchar del mensaje que se repetía alrededor del círculo, escrito con sangre e insectos muertos, ni tampoco quiso saber de los incontables locos en la televisión que hablaban de que se había tratado de un claro acto de satanismo. Hizo oídos sordos cuando mencionaron lo de “esta centinela cayó, siguen ustedes” y no le importó un rábano que mil reporteros se amontonaran en su entrada en busca de entrevistas. Las líneas de expresión continuaron en su rostro, pero ya no se acentuaron por la misma sonrisa -esa de estúpido, esa que das cuando estás enamorado- de antes. Y nunca quiso contárselo a Anne, no le vio el sentido. La niña creció pensando que había muerto en medio de su nacimiento. |
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Claim: Arthur/Lion.
Advertencias: Incesto, slash/yaoi. Resumen: La idea del romance que concibe Lion. Nota: Un regalo para Pierrot, porque sin ella nunca habría terminado de concebir esta idea. —Hipotéticamente… —Hipotéticamente… —le instó su hermano con gesto curioso. Arthur apoyó los codos sobre la mesa y el mentón sobre sus manos. —Digamos que, hipotéticamente, yo te entregara a las autoridades y testificara en tu contra por todos tus asesinatos, ¿qué harías? Lion no necesitó pensarlo dos veces. Removía el vaso de agua en su mano lánguidamente y sus ojos verdes parecían ensimismados en el brillo de las velas sobre el cristal. —Tendría que matarte —Tomó un sorbo—. De alguna manera escaparía y te mataría. Arthur se lo esperaba. Lion se había escapado de la cárcel donde lo enviaron por el asesinato del último novio que osó terminar con él. En parte por eso es que lo mantenía consigo, porque gracias a él conseguiría la mejor historia verídica jamás contada y su nombre, como su hermano había prometido, sería reconocido en todo el mundo. Pero sólo si lo ayudaba a mantener en silencio su verdadera identidad, y en caso contrario, tendría que pagar por haber roto su promesa, de una forma u otra. Se había esperado la respuesta y aun así advirtió un nudo en su garganta. Lo ignoró y, esbozando lo que sabía era su sonrisa más cínica, alzó la copa de vino sobre la mesa que su hermano dispuso sin consultarle. Velas, vino, comida chatarra acomodada de modo que pareciera exquisita. Todo lo que un amante haría, ofrecido por su misma sangre, que lo había convertido en cómplice y compañero de cama. La duda realmente no importaba, aunque lo concluyente de una respuesta en voz alta fuera descorazonador. Mientras aceptara las raras condiciones que le imponía de manera implícita, su vida podía continuar tan próspera como puede serlo la de un editor de una de las más famosas revistas de chismes. O más, si sabía manejar sus cartas. —Feliz día de San Valentín —dijo proponiendo, en su opinión, el brindis más ridículo de la humanidad. Estaban en el comedor de su casa y Lion lo había preparado de tal modo que predominaran los cojines y otras cosas que les permitieran recostarse en el suelo. Los sillones estaban contra la pared, así como la mesita ante la chimenea. Lo había hecho mientras él gritaba a sus paparazzis para que movieran sus traseros y le trajeran imágenes útiles presentando las vergüenzas de los famosos, aunque nunca le hubiera dado llave a su hermano. Lion le sonrió cándidamente y le correspondió igualmente. Chocaron copas produciendo un suave tintineo, perfecto en el silencio, y luego se irguió sobre la mesa para besar los labios de Arthur, que lo recibió mecánicamente, sin sorprenderse o protestar. Sus mejillas fueron acariciadas por las cuidadosas manos de Lion –manos de asesino, manchadas de sangre, manos que prometían gloria- y sonrió a medias por la sensación. Ni deseable ni esperada, sólo era cálida y por eso algo agradable. Sabía que él lo quería, al menos un poco. Tal como sabía que ambos estaban jodidamente locos. |
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Claim: Fly, Plandex.
Resumen: Ambos primos no tienen en común únicamente el amor por la música. Rabietas Plandex recorría nervioso por los pasillos de la tienda, haciendo caso omiso de las miradas que su cabello verde atraía. Aunque más que el cabello, se podría creer que era la patente desesperación en su rostro a medida que veía detrás de las prendas colgadas en las perchas sólo para encontrar una nueva decepción. Rezagado, completamente aburrido y con rastros de sueño encima, Fly lo seguía sin molestarse en cubrir sus bostezos. —No sé cuál es el problema —comentó luego de un escuchar un nuevo bufido de su primo—. Es sólo un chaleco. Plandex lo miró entonces, los ojos brillándole de una forma que indicaba que estaba a punto de golpearlo, pero debió llegar a la conclusión de que no le serviría de nada porque regresó su atención a las ropas. —Voy a matar a Reisei —repitió por segunda vez en la mañana el joven, dirigiéndose a una pared de ganchos que ya había recorrido, con Fly a sus espaldas caminando a paso perezoso. —No digas eso —espetó, alargando cada sílaba a fuerza de un nuevo bostezo—. No es su culpa que la computadora explotara justo en ese momento. —Incineró mi chaleco —le recordó Plandex, en el mismo tono que emplearía alguien para referirse a un ratón querido, mientras sus manos veloces seguían palpando la ropa en busca de la prenda que le sirviera de reemplazo a su amuleto. —Igual —se encogió de hombros Fly, mirando una estantería a su derecha distraídamente. Tomó una chaqueta morada jean de entre el montón y se la enseñó a su primo. Este negó con la cabeza y Fly, girando los ojos con sumo tedio, dejó la prenda desparramada sobre sus hermanas. —Si Arnold estuviera aquí se alegraría de que ya no tuvieras ese chaleco. —Que lo jodan a Arnold —espetó Plandex, recibiendo una mirada sobresaltada del pelirrojo, que nunca lo había escuchado decir palabras así para referirse al rubio si bien un pasatiempo suyo era molestarlo de vez en cuando. Ese día domingo ni Arnold ni Reisei estaban para presenciar la agitación del generalmente alegre bajista. El asiático porque debía reponer la computadora que había intentado arreglar por sus propios medios -lo que habría conseguido si aquella soda no hubiera caído en medio de la máquina de improviso- y el rubio porque simplemente se había negado a mover un dedo antes de que lo permitiera su horario personal. El razonamiento de Fly fue “estoy aburrido, así que ayudaré a mi cabizbajo primo y quizá vea algo para mí”, pero no contó con que la tristeza de Plandex cambiara a enojo y que las tiendas a las que le arrastrara fueran completamente diferentes a sus gustos. Eran las combinaciones extrañas de colores que Plandex realizaba lo que lograba que ropas del estilo que veía alrededor adquirieran algún atractivo; separadas de medias de arco iris, camisetas intencionalmente rotas amarillas con botones rojos en torno al cuello o pantalones verdes con parches amarillos, esas prendas, para Fly, lucían como algo simple y aburrido. Demasiado aburrido. Y no, tampoco comprendía el apego de Plandex a los chalecos morados. Sabía que era su amuleto de la suerte y, según su primo, iba bien con el cabello verde, pero no dejaba de ser un chaleco y no le parecía que ameritara ese comportamiento. Plandex pasó por otras dos tiendas, tirándole del antebrazo bruscamente cuando tenía intención de hacer como que no lo acompañaba, ignorando sus gemidos de extremo sufrimiento, y siguió sin encontrar lo que buscaba. Se acercaba el mediodía y Fly empezaba a tener hambre. —Voy a matar a Reisei. Esta vez Fly no lo contradijo; estaba más concentrado viendo a otro chico que parecía de la edad de Armand buscando entre las chaquetas y usaba unos jeans que dejaban en evidencia la perfecta circunferencia de sus posaderas. ¿El chico se daba cuenta de ese detalle? Seguramente, si él tuviera un trasero así tampoco lo ocultaría. Pero los bolsillos eran demasiado grandes y la protuberancia de la billetera dificultaba una mejor visión. —No, mejor te voy a matar a ti —replicó Plandex con ceño fruncido, molesto porque fuera ignorado. Otra de las cosas en las que los primos se sentían identificados mutuamente era esa; cuando estaban enrabietados, mejor que los escucharan. Lo que pasaba era que las rabietas de Plandex sucedían cada muerte y resurrección de obispo, por lo que a Fly le sorprendió ser aludido en ese momento. —¿Eh? —Esto es genial —repuso Plandex girando los ojos, dándole la espalda para rebuscar en un estante de prendas de tela envueltas en plástico. Tenía que agarrarlas y girarlas para ver si carecían de mangas—. Anda, ve a ligártelo, ya me las arreglaré. —Yo no iba a hacer eso —espetó rápidamente, sonrojado no por su primo, si no porque recientemente se había vuelto el novio oficial de Armand y la idea de ponerle los cuernos le resultaba obscena. Molesto, agarró una camisa cualquiera de color morado y se la pasó a su primo, estrellándola contra su pecho—. Toma ésta, pruébatela y cómprala. Luego le cortaras las mangas. —Es tres tallas más grande —hizo notar Plandex en tono neutro. Fly bufó exasperado. —Te durará más. Plandex asintió solamente, la vista fija en la prenda, dirigiéndose a los vestidores. Diez minutos más tarde ambos regresaban al hotel donde se hospedaban, con una bolsa de la última tienda que visitaran golpeando contra la pierna de Plandex, que paseaba esbozando una gran sonrisa de satisfacción. Fly lo miraba intensamente desde que pagaran y, dos calles más adelante, decidió que ya no esperaría a que le preguntara qué le pasaba. —¿Y bien? —inquirió impaciente—. ¿No piensas decirme a qué vino tanto revuelo? Plandex lo observó sin entender, lo que llevó a Fly a resoplar irritado. —¿Por qué te importa tanto un estúpido chaleco? Te he visto usar uno desde que éramos niños, y aunque no lo creas, no va bien con tu tinte. —Suenas a Arnie —señaló Plandex sonriente y miró el cielo nublado, como si arriba fuera a ver la mueca del rubio al oírle llamarlo de ese modo—. No es nada, sólo que la abuela Nora me dio uno y me gustó tanto que no quiero dejarlo. Ahora Fly fue el que expresó desconcierto. Sobre todo porque el dejo usado no era uno casual, propio del que responde algo sin mucha importancia, si no más bien ligero, intencionadamente despreocupado para quitarle un hierro a primeras imperceptible al asunto. La abuela Nora había muerto hacía mucho. —Oh —respondió el pelirrojo, finalmente cayendo en cuenta. O creyendo haberlo hecho. Caminaron en silencio durante unos momentos, con el auto oscuro donde viajaban sus guardaespaldas siguiéndolos, y al doblar una esquina Fly levantó una pierna para darle un ligero empujón a su primo en la pantorrilla. Cuando Plandex volteó hacia él con curiosidad, Fly le mostró una sonrisa divertida. —¿Una carrera hasta el hotel? El bajista asintió sonriente |
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Claim: Plandex, Fly.
Resumen: Es difícil notar que, cuando se trata de Plandex, incluso las tonterías tienes sentido. Nota: Regalo para Y0misma. Conversaciones trascendentales —¿Recuerdas a ese gato naranja, fofo, que odia los lunes? Fly no le prestaba mucha atención, pues mañana debían rendir un examen de biología y prefería concentrarla en su libro. Plandex no estaba lo suficientemente aburrido para estudiar; estaba aburrido, eso sí. —Creo que hablas de Garfield. —Ese mismo. —¿Y qué con él? —Nada, sólo que tenía una vida de perros, ¿entiendes? Odiaba los lunes y nadie le obligaba a hacer nada, podía simplemente pasársela comiendo lasaña. Pero era un gato. Es irónico, porque la carne también es cosa de perros. —Mmm… —murmuró su primo anotando algo en sus apuntes. —¿Te imaginas un pájaro que odie los miércoles y coma pescado? —Sería algo nuevo. —O una rata que deteste los miércoles y coma alpiste todo el día. Sería genial, ¿no? Fly lo miró. —¿Estás tratando de decir algo? Plandex dejó de girar en su silla y elevó la vista al techo. —Odio los miércoles. Y los miércoles tenían doble hora de biología. —Ya. Incluso las más grandes tonterías tenían su propia lógica. |
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Claim: Fly/Armand.
Advertencia: Slash/yaoi. Resumen: Fly no odia los despertadores, lo que odia es hacerles caso. Nota: Regalo de cumpleaños para Y0misma. Despertadores A las 8:05 A.M Fly deseó tener las energías suficientes para tomar el insistente despertador de la mesita de noche y arrojarlo por la ventana, a ver si el tiempo volaba lejos de él. Estaba cansado y se sentía apático, de modo que prefirió hacerse un ovillo cubriéndose con las sábanas con la esperanza de simplemente dormirse ahí hasta que se le pasara la pereza. Sobre la mesita, junto al despertador, un celular negro con estampas de calaveras comenzó a vibrar al unísono de una tonada de Lacrimosa, caracterizada por un solo de guitarra magistral. Fly estiró una mano entre las sábanas y tanteó en la madera unas tres veces antes de que sus dedos rodearan el teléfono, el cual llevó inmediatamente consigo a su refugio, apartado del despertador maldito. Podría haber aprovechado ese momento para arrojar el despertador o apagarlo, pero no se le pasó por la mente. —Quien sea que sea —dijo sin abrir los ojos, apoyando el aparato contra la oreja— sepa que estoy muriendo del sueño y es de muy mala educación llamar a estas horas a los celulares de la gente. —Fly —respondió la voz al otro extremo de la línea, una grave y masculina. Al oírla, Fly sintió como se emocionaba por dentro y su sueño, más que una carga, se volvía algo repentinamente suave. —¿Sabes lo bueno que sería tenerte aquí conmigo? —comentó de repente y tuvo ganas de echarse a reír. Porque la frase era divertida y era divertido pensar que no le habría importado tener a su novio ahí. —Fly, sal de la cama —replicó Armand con voz inconmovible, aunque el pelirrojo se imaginaba el sonrojo subiendo por sus mejillas morenas. Duro como una pared de goma, no estaba acostumbrado a su carácter extrovertido—. Tendrías que haber ido a la escuela hace cinco minutos. —Ven y sácame tú —respondió Fly en tono aparentemente quejumbroso, picándolo a conciencia—. ¿Y por qué me llamas justo a esta hora? —pregunto a continuación, con verdadera curiosidad, aunque sabía que su novio iba a entrenar en la pista de patinaje temprano en la mañana. —Porque es el primer día de clases después de vacaciones y si no te llamo faltarás —explicó Armand simplemente y se oyó un carraspeo, como si el celular por el cual le hablaba hubiera sido removido. No valía la pena rebatir su argumento, pues no era más que la verdad—. Es difícil retomar una rutina, pero si no empiezas desde hoy será más duro mañana. —Ya, ya —musitó Fly cansinamente—. ¿Y si voy hoy la próxima vez me sacarás de la cama tú? —Con tal de que va… —satisfecho por la respuesta a medias, Fly no le dejó acabar y apretó el botón para colgar. Dejó el aparato sobre su mesita, donde el despertador había enmudecido, y se giró en la cama para volver a dormirse. Al poco rato recibió un mensaje de texto, sonó la tonada de Lacrimosa, pero él ya estaba dormido. Aun así, Fly se sorprendió cuando Armand lo despojó de sus sábanas al día siguiente. |
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